sábado, 9 de mayo de 2015

Capítulo veinticinco: vigésimo quinta confesión.

Una vez en casa todo se encontraba en perfecto estado. Nadie hubiera sospechado jamás que allí había ocurrido semejante atrocidad. Fiend me dejó en la puerta y se marchó sin apenas terciar palabra.
Durante unos días no tuve noticias de Kory. No contestaba mis llamadas ni parecía encontrarse en casa. Kory había sido mi mayor apoyo emocional pero Fiend siempre aparecía en el momento preciso para salvarme. Me sentía triste por Kory pero no me arrepentía de confiar en Fiend. Me tiré en la cama y me dediqué durante horas a mirar el techo, esperando algo que no sabía si llegaría en algún momento. Soñaba despierta y me imaginaba cómo hubiera sido mi vida estos últimos meses si no se hubieran cruzado conmigo ninguno de ellos. Tal vez aún mantendría el trabajo en el periódico local. Tal vez tendría una vida normal. Tal vez habría decidido dejar a un lado mi soledad y darle una oportunidad a los demás. Tal vez ahora mismo estuviera tirada en la cama pensando lo divertido que sería ser una de las pocas privilegiadas que gozan de la existencia de algo mágico o sobrenatural. Tal vez estaría deseando encontrarme con alguien que me abriera las puertas a esa pequeña parte del mundo que la mayoría desconoce o no quiere asimilar. Tal vez estaría maldiciendo mi vida por ser aburrida, por ser la típica vida de la típica adolescente cansada del mundo real. Tal vez acabaría resignándome a la realidad de mis libros, soñando con algún personaje con una personalidad tan definida que haría que me derritiese, soñando con secretos que solo podría compartir con él y que acabarían provocando una huída fortuita entre los dos a cualquier paradero remoto y solitario en el que solo él y yo fuéramos importantes. Y al final acabaría sumida en la profundidad de mis propios sueños.
¿Y cuándo ya tienes lo que habías soñado pero no es realmente como te imaginabas?


Sentí una respiración en mitad del silencio. Me revolví entre las sábanas fingiendo seguir dormida, intentando palpar con las piernas la posición de quienquiera que fuese quien me estaba observando. No logré alcanzar nada.
Abrí los ojos lentamente y encontré a Fiend sentado en el borde de la cama, mirándome.
-¿Qué haces aquí?-titubeé entre bostezos.
-Quería verte.-acarició uno de mis mechones de pelo despeinados. Yo terminé de desperezarme.
-¿También estoy en problemas ahora?
-Tal vez.-logré advertir, a pesar de tener la vista nublada, cómo una pícara sonrisa se dibujaba en su rostro. Pestañeé unas cuantas veces seguidas y él me agarró de las muñecas, suavemente, y colocó mis brazos sobre mi cabeza, haciendo la fuerza necesaria para que no pudiera deshacerme de él.-¿Te sientes en peligro?
-No.-sonreí. Él retiró sus manos de mis muñecas y yo continué con los brazos en esa posición. Después maniobró grácil para subirse en la cama y se colocó sobre mí apoyando sus rodillas una a cada lado de mi cuerpo, después se desabrochó un par de botones de su camisa púrpura y posó sus manos sobre su nuca.
-¿Y ahora?-su voz sonó juguetona.
-Tampoco.-mis palabras le tomaban ventaja a mis pensamientos y no era capaz de pararme a pensar antes de responder. Noté como mis mejillas se sonrojaron. Él apoyó su mano izquierda en el colchón, cerca de mi pecho y su brazo derecho sobre mi almohada, consiguiendo así estrechar su cuerpo contra el mío y penetrar mis ojos con su mirada a tan solo unos escasos centímetros.
-¿Y ahora?-esta vez, su voz se tornó macabra aunque mantenía algunos resquicios suaves. Sentí un escalofrío que hizo vibrar su cuerpo a la vez. Acercó sus labios a mi oído y continuó.- ¿Estás asustada?-sopló suavemente detrás de mi oreja. Mi cuerpo reaccionaba contradictoriamente. Por un lado se excitaba al contacto con su piel y se estremecía con el tono de su voz. Por el otro, temblaba aterrado por el miedo y se sentía frágil y vulnerable.-¿Crees que voy a violarte?-Me miró fijamente a los ojos y advertí que aún seguía manteniendo los brazos sobre mi cabeza. Me encontré sofocada de repente y traté de alejarle de mí.
-Tengo calor.
Se incorporó y bufó vacilante. Después soltó una pequeña risotada y enlazó sus ojos con los míos.
-Tú eres mía.
Acto seguido se bajó de la cama y caminó hacia el balcón. Yo, aún con el vello de la piel erizado, trasladé lo que había pasado al rincón de asimilar más tarde y espeté:
-A propósito, ¿cómo has entrado? -me incorporé y me senté al borde de la cama, observándole.
-Te dejaste la puerta del balcón abierta.
-¿Por qué siempre entras por el balcón?
-No creo que tu madre me hubiese dejado entrar por la puerta. -alcanzó mis ojos con sus zafiros y me sonrojé ligeramente.
-No, pero tampoco quiero que entres aquí cuando te de la gana.
-¿Sabías que cuándo le abres las puertas de tu casa a un vampiro por primera vez ya no puedes negarle la entrada?-caminó hasta mí lentamente.
-¿Eso es invención tuya para convencerme?-enarqué una ceja.
-No, es la realidad. Algún aspecto positivo tendría que proporcionarnos esta situación.
-¿Eso quiere decir que si cierro todas las puertas de mi habitación con llave se abrirán por arte de magia si tú quieres entrar?
-Algo así. -inspeccionó mi habitación con delicadeza.- No me había fijado en el diseño de tu habitación, me resulta agradable.- caminó un poco por los rincones más desacertados.
-La última vez que estuviste aquí no tuviste tiempo de hacerlo.
-Hubo muchas cosas que no me dio tiempo a hacer.-se acercó de nuevo hacia mí y me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie. Yo le agarré la mano y traté de levantarme pero él, en un rápido movimiento, me apretó contra su cuerpo, dimos un giro y me apoyó contra la pared. Al tenerle tan cerca volví a sonrojarme y miré hacia un lado. Intenté titubear pero fracasé. -Cuando nuestro instinto reacciona al olor de la sangre los que más autocontrol tienen sobre sí mismos tienen dos opciones a elegir: sucumbir al olor como satisfacción vigorizante, es decir, morder, o rechazar esa opción.-hizo una pausa, yo esperé a que continuara.- Si eliges la segunda, es otro instinto el que comienza a avivarse.- Acercó sus labios a los míos sin llegar a rozarlos y yo comencé a hiperventilar.- Me gustas, Alma.
Instantáneamente alguien golpeó la puerta de la habitación desde el otro lado.
-Salvada por la campana.- Deshizo la cárcel que había construido a mi alrededor con sus brazos y se encaminó hacia el balcón.- Volveré en otro momento.
-¿Alma?- la voz de mi madre se escuchó tras la puerta. Yo, sin decir una palabra corrí a abrirle la puerta a mi madre. Ella entró y agarrándome la mano me observó de arriba abajo.
-¿Qué pasa, mamá?
-¿Qué te pasa, hija? Estás caliente y tienes la cara roja, ¿no tendrás fiebre?
-No creo, trae el termómetro por si acaso.- sonreí a duras penas.
-Ha llamado Kory, dice que cuando puedas le llames, tiene cosas que contarte.-Llevó su mano a mi frente, controlando la temperatura.
-Vale, gracias mamá.-Resoplé.- Ahora le llamaré.-Ella pareció aliviarse y se alejó un par de metros, decidida a irse. Sin embargo, cuando anduvo dos o tres pasos se paró y se dio media vuelta.
-No le descuides, es un buen chico y podrías perderle.
Sentí una punzada en el corazón. Aún no acababa de asimilar lo que había ocurrido antes de que mi madre llamara a la puerta. Mi cuerpo aún se encontraba en shock. Las piernas aún me temblaban y el vello de mi piel permanecía igual de erizado que cuando me susurró al oído. Aún sentía su piel en contacto con la mía. Aún sentía sus labios en mi oreja, sus manos en mis muñecas y sus piernas en mis caderas. En el espejo vi reflejada una pequeña sonrisa cómplice, que adornaba mi rostro con suma delicadeza pero un escalofrío me sacó a rastras de aquel espejismo. Me abracé y sentí su olor en mis dedos. Fue entonces cuando una bandada de colibríes revoloteó con frenesí, inundando mis adentros de una tímida calidez.

jueves, 23 de abril de 2015

Capítulo veinticuatro: dos docenas de secretos.

Al llegar a la mansión, todo se encontraba en perfecta calma. Al igual que en la anterior ocasión, los ventanales se encontraban cerrados y unas opacas cortinas limitaban, casi hasta la inhibición, la luz. El ambiente lúgubre de aquel lugar ahogaba las ilusiones en un mar en calma y sentías que mientras permanecieras allí, todos tus sueños se verían convertidos en cenizas.

Fiend me acompañó hasta su habitación. Por suerte, aquel rincón resultaba mucho más esperanzador y mundano. Dejó mis pertenencias sobre una cómoda, cerca de la puerta. Yo, una vez dentro, avancé tan solo dos pasos y esperé.
-Ponte cómoda.
-¿Me tengo que quedar aquí?
-Por el momento sí.-Se alejó lentamente a través de la puerta.-Vendré a visitarte y también Daeryn.
-¿Daeryn?-Enarqué una ceja.
-Así podrás conocerla. Fue ella quien te desvistió la última vez.
-Oh...-Así que realmente había respetado mi intimidad en todo momento...
-Pórtate bien.-Cerró la puerta tras él.
Recorrí la habitación lentamente, observando cada detalle con curiosidad. Me llamó especial atención un pequeño tocador colocado de espaldas al ventanal de la habitación. Tenía la forma habitual de un escritorio pero estaba hecho de madera policromada al blanco y al negro. Me senté en el taburete acolchado y observé mi reflejo en el espejo rajado. La grieta tenía la silueta de un relámpago. El efecto que producía sobre el reflejo se limitaba a partir por la mitad la escena. Así, revelaba una imagen aterradora para su espectador.
Mi vida se había convertido en una locura en los últimos meses. Casi tanto como aquel reflejo perturbado en el cristal. Suspiré.

El repiqueteo de unas uñas se escuchó al otro lado de la puerta. Permanecí quieta y callada. De nuevo, el repiqueteo volvió a advertirse. No me inmuté. Lentamente, el pomo de la puerta se ladeó y una mujer con el cabello rubio más claro que había visto nunca avanzó hasta el centro de la sala. Me dedicó una dulce sonrisa. Sus cálidos ojos esmeralda atraían mi mirada hacia ellos y sus tiernos gestos desmentían su realidad.
-¡Hola Alma!
Sonreí a duras penas.
-¿Cómo te encuentras?
-Aún tengo el susto en el cuerpo.
-Es normal.-Se acercó a mí y olfateó el aire. Yo hice una mueca de desconcierto.-Fiend lleva razón, no me extraña que te ataque cualquiera.
-¿Perdón?-Enarqué una ceja.
-No me malinterpretes, es solo que hueles bien...-hizo una pausa.-Mi hermano habla mucho de ti.
-¿De mí?
-Sí.-Caminó hacia la cama y se sentó.-Dice que tienes algo especial.-Palmeó la colcha, incitándome a sentarme.
-No se a qué te refieres.-acepté su oferta y me senté con ella.
-Verás, Alma.-hizo una pausa breve.-La gente suele huir de nosotros. Infundamos temor en mayor o menos medida. Siempre estamos solos...Pero tú,-me miró con los ojos vidriosos- tú estás tan calmada al lado de mi hermano que algunos estamos sorprendidos. Últimamente, aquí, todo el mundo habla de ti.
-¿Por qué de mí?-Daeryn me tomó de las manos.-Quiero decir, yo solo he tenido la suerte de que Fiend estuviera ahí para salvarme. Si después de eso le hubiera tenido miedo o hubiese sentido rechazo hacia él habría sido injusto, ¿no crees?
Ella sonrió con ternura.
-Estoy de acuerdo contigo.-Acarició mi mano derecha con la suya.-Aún así hay ciertos rumores, ¿sabes?
-¿Rumores? ¿Pensáis que Fiend y yo...?
Daeryn rió.
-No, no es eso.
-¿Entonces? Si hay alguna chica interesada en Fiend desde hace tiempo, puedes asegurarle que no soy ningún obstáculo.-Daeryn no soltaba mis manos y eso me hacía ponerme nerviosa.
-Eso sería decisión de Fiend, ¿no crees?-Asentí.-Déjame tocarte, me mantiene en calma.-Obedecí a regañadientes pues no me sentía cómoda.
-¿Hay algún problema por el hecho de que Fiend y yo seamos amigos?
-No exactamente. Verás, Alma. Hay una leyenda que todo vampiro alfabetizado conoce.
-¿Una leyenda?
-Sí. Existe un grimorio muy antiguo que narra la historia del origen de los vampiros.-se me erizó el vello de la piel al escuchar, de nuevo, la palabra vampiro.-En él, se dice que el vampirismo nació como una maldición.-se atusó el cabello.- Hubo una vez, un débil humano que, ansioso por conocer las artes más oscuras de este mundo, hizo un pacto de sangre con una bruja. Aquella bruja le obligaba a realizar tareas difíciles, cada día más complejas, sin otorgarle recompensa alguna a cambio. El joven humano aguantó durante muchos años e intentó imitar en soledad la magia de la bruja. Ella, a pesar de saber las intenciones del humano, se enamoró de él. Cada día que pasaba, ella le mandaba realizar misiones imposibles con la intención de retenerle para siempre. Aquella bruja era una buena persona, simplemente estaba enamorada. El humano, que lejos de haberse interesado un ápice en la bruja se había vuelto cada vez más poderoso, planeó durante la noche el asesinato de su maestra. Ella, que sabía con exactitud las intenciones de su amado, asumió su muerte, no sin antes castigar al muchacho que había condenado su vida. Aquella noche, ella conjuró las palabras más poderosas que jamás habría conseguido sin el amor que sentía por el débil humano. Pero justo antes de que pudiera terminar su hechizo, el muchacho entró y le clavó una estaca de madera en el corazón. Ella no se defendió, tan solo lo miraba carcajear, con sus característicos caninos largos y puntiagudos. Cuando supo que estaba a punto de partir, le dijo: "Purificar el interior de una bestia condenada solo es posible recuperando lo que esta maldición te arrebatará por siempre." Entonces, un destello blanquecino salió del interior del humano y se introdujo en el interior del moribundo cuerpo de la bruja, sus ojos se inyectaron en sangre, su piel se volvió pálida y fría y sus caninos crecieron de forma notable. Siguiendo sus instintos, el monstruo comenzó a beberse la sangre de su maestra pero al contacto de esta con sus labios, el cuerpo de la bruja comenzó a brillar, emitiendo un resplandor que cegó al humano. La silueta de la bruja desnuda, bañada por un blanco resplandor, emergió del cuerpo y se desintegró en pequeños luceros que se apagaron, todos excepto uno, que voló a través de la ventana. En la cabeza del monstruo sonaba una voz "¿Serás capaz de encontrar lo que una vez perdió tu locura? Y entonces, el monstruo, intentando encontrar aquello que había perdido, fue de pueblo en pueblo, desgarrando los cuellos de aquellas muchachas que le recordaban el rostro de quien le había condenado para siempre.
-¿Y cómo se supone que...Bueno, ya sabes, os convertís?-me mordí el labio inferior y ella miró al suelo.
-No se sabe a ciencia cierta pero la teoría más factible se basa en una evolución de ese gen maldecido. Es decir, se cree que aquel humano convertido tuvo hijos y, como su genética se encontraba bajo esa maldición, sus células se fueron adaptando al medio y, a través de la descendencia, los genes "vampíricos" han ido evolucionando de manera mucho más rápida que los genes humanos y por eso, hay muchas maneras.-Enarqué una ceja.-Yo, por ejemplo, lo heredé de nacimiento pero tenía miedo de ver morir a mis seres queridos y antes de que terminara su segundo año de carrera, convertí a mi hermano.
-¿Tu hermano?, ¿Fiend?
-Sí.-rió con nerviosismo.- Es triste. Me arrepiento mucho. Yo le arrastré hasta esta vida de dolor y sufrimiento, aún así, no parece guardarme rencor.
-No se qué decir.
-No digas nada, me apetecía contártelo, sin más.-sonrió con tristeza y soltó mis manos, apoyando las suyas sobre su regazo.- Con esto quería decir que, es muy posible que exista una cura.
-¿Una cura?
-Sí. Una especie de antídoto que elimine esa intoxicación de las células y las devuelva a su estado limpio y humano.
-Yo pensaba que los vampiros permanecerían como vampiros para siempre.
-Yo también lo creía. Pero en la historia la bruja menciona cómo purificar a ese ser condenado y, aunque no deja de ser una simple leyenda, es posible que hayamos tenido la solución frente a nosotros y no hayamos sido capaces de verla.-Sus ojos se llenaron de esperanza durante unos segundos, después suspiró.- ¿Quieres ayudarme? ¿Quieres ayudar a Fiend?
-Sí, claro que quiero ayudaros. Haré lo que esté en mi mano.- esta vez fui yo quien cogió sus manos y las levanto a la altura del pecho, en un intento de animarla.
-¿Pensarás sobre la historia? ¿Pensarás qué puede ser aquello que perdimos y cómo podemos recuperarlo?
-Cuenta con ello. Yo no se mucho de biología pero haré todo lo que pueda.
-Muchas gracias, Alma.- se deshizo fácilmente de mis manos y se abalanzó sobre mí en un abrazo.-Quizá deberías conocer a nuestra madre.
-¿Vuestra madre también...?
-¡No, no!- dejó de abrazarme.- Ella es la que nos fue reuniendo, la primera de todos los que conocemos que es así.
Con un ágil y casi insonoro movimiento, Fiend abrió la puerta y entró decidido e irritado hacia Daeryn.
-Creo que es suficiente.-Fiend la agarró del brazo.
-Pero...
-Basta.-se lo soltó con delicadeza.
-Está bien.- agachó la cabeza y después me dedicó una mirada llena de complicidad.- He de marcharme, espero verte de nuevo por aquí.-Se levantó con extrema gracilidad y se alejó olfateando el aire.
-¿Qué ha pasado?-pregunté preocupada.
-No hagas caso de lo que te diga.
-¿Por qué? Me ha contado cosas interesantes.- le miré con una sonrisa y Fiend se sentó donde anteriormente lo había hecho su hermana.
-Si le haces caso solo conseguirás ponerte en peligro. Y no es responsabilidad mía pero me vas a obligar a tener que salvarte más veces.
-A lo mejor quiero ponerme en peligro y que no vengas a rescatarme.-sentí como el filo de mis palabras atravesaba su corazón y me arrepentí de lo que había dicho.
-En ese caso eres libre de irte de aquí cuando quieras.-Se llevó la palma de la mano a la frente, levantándose ligeramente el flequillo.
-A lo mejor quiero que seas tú quien me ponga en peligro.-le miré con firmeza y él, a través de sus dedos, me dirigió una mirada indecisa.
-No sabes lo que dices.-relajó los hombros y apoyó sus manos sobre la colcha de la cama, paralelas a él.
-O sí.- subí las piernas a la cama y gateé hasta colocarme detrás suya.
-¿Qué haces?-intentó girar la cabeza pero no le dejé.
-A mi también me gusta tu olor.-exhalé el aroma de su cuello y le abracé desde detrás, dejando caer mis brazos por sus clavículas. Después jugué con mi nariz en su oreja.
-¿Qué ideas te ha metido mi hermana en la cabeza?
-Ninguna. Solo quiero estar contigo. -le besé detrás de la oreja y él, después, se tendió sobre mi hombro.
-Yo no voy a ser tu brujo.-Acto seguido se deshizo de mis brazos en un segundo, se levantó y se fue. Dejándome allí, sola, en la inmensidad de su cama, sintiéndome como una completa estúpida.


martes, 21 de abril de 2015

Capítulo veintitrés: Vigésimo tercer suspiro.

Dejé escapar un último aullido en un intento de escapar y entonces lo vi. El tiempo se paró, durante unos instantes, frente a mis ojos. La luz de la luna iluminaba todos y cada uno de los finos y níveos pelos de Fiend, que serpenteaban en el aire a su alrededor, reflejando destellos sobre su cristalina mirada. Su etéreo cuerpo se sostenía en el impulso que había tomado para llegar hasta mi habitación,  el cual había provocado un vendaval en las cortinas. Le observé detenidamente rogando protección pero él ya tenía decididas sus intenciones.
Mi agresor gruñó y ambos se miraron fijamente a los ojos. Pude ver la decepción en el rostro de Fiend y aún así se abalanzó grácil sobre el monstruo, derribándole contra la pared. Apenas pude mover mis entumecidas piernas, el dolor punzante en las caderas se alejaba dejando tras de sí un repiqueteo intenso. A mis espaldas sentía sacudidas, gruñidos y desgarros. La habitación se tornó fría y comencé a temblar. Una carcajada acompañó a un impacto. Arrastré mi débil cuerpo hacia la mochila y logré incorporarme hasta doblar las rodillas. Rebusqué en el interior del bolsillo más amplio y encontré la flecha de Kory. La agarré y, cuando quise levantar el mentón, tenía de nuevo a la horrible criatura frente a mí. Alzó la mano con la intención de golpearme pero, justo en el momento en el que comenzaba a saborear su victoria, me impulsé con los muslos y le clavé la flecha, con todas mis fuerzas, en el ojo izquierdo. Emitió un gemido desesperado que le desgarró la garganta. Choqué contra su hombro y caí al suelo, de espaldas, paralela a él.
Instantáneamente, Fiend apareció de entre las sombras. Aquel ser monstruoso se desplomó frente a mí, llenando la moqueta de sangre. Miré a Fiend a los ojos, asustada. Este me respondió acercándose a mí y abrazándome. Sentí la suave y fina tela de su camisa rajada en mi rostro y rompí a llorar. Él me abrazaba y, de vez en cuando, besaba mi cabeza con ternura, tratando de tranquilizarme. Nos mantuvimos así, sin articular palabra, durante media hora.

Su leve olor corporal consiguió relajarme y, cuando mi sofoco terminó, advertí que estaba completamente desnuda. Noté cómo la sangre fluía a través de mis mejillas, sonrojándolas.
-No mires.
-No lo haré.
Separé mi cuerpo del suyo y le contemplé durante unos instantes. Un rayo de luna dividía su rostro en tres por su ojo cerrado derecho. Su piel, blanca como la nieve, relucía en aquella pequeña franja de luz. Su camisa rasgada dejaba al descubierto su cuello y sus clavículas, ambas dibujadas bajo un perfecto contorno refinado. Sus definidos brazos se apoyaban en el suelo, sobre sus manos, escondiendo a duras penas sus largos y finos dedos, que se arqueaban haciendo fuerza en la yema, hundiéndose en la moqueta. Se veía tan majestuoso que se me encogió el corazón.
La serenidad de su rostro me transmitió seguridad. Con mi dedo índice rocé la punta de su nariz, él pareció no inmutarse. Continué acariciando su rostro hasta llegar a sus labios, los cuales se aferraron a mi dedo en un sugerente beso. Acto seguido, me levanté y corrí hacia el armario. Agarré un jersey viejo, unas bragas y unos vaqueros. Me puse todo rápidamente y volví con él.
-¿Has visto algo?-pregunté entre susurros.
-¿Ya puedo abrir los ojos?-preguntó él con un ojo abierto y otro aún cerrado.
-Sí.-abrió el otro ojo.
-Puedo asegurarte que he respetado tu intimidad en todo momento.-me miró fijamente a los ojos. Yo permanecí en silencio.-Me quedaré maravillado al ver tu cuerpo, siempre y cuando seas tú la que me otorgue ese privilegio.
No encontré las palabras exactas para responder a aquella insinuación, por lo que me llevé la manga del jersey al rostro. Él miró el cadáver del monstruo, yo le imité.
-La paciencia es la mayor de las virtudes.-Hizo una pausa.-Si hubiera esperado tan solo unos días habría podido cogerte sin que me hubiese enterado siquiera. -Él esbozó una sonrisa de medio lado y yo enarqué una ceja.- Una lástima.
-¿Qué voy a hacer con esto ahora?-pregunté ignorando su discurso.-Si alguien se despertara...
-Acompáñame y mando a alguien a limpiar todo esto.
Dudé. Él sacó del bolsillo de su pantalón su teléfono móvil y marcó una cadena de dígitos inusual.  Esperó unos segundos antes de llamar y, después, alguien contestó al otro lado.
-Sí. Otro incidente. Sí, necesito que venga alguien y arregle esto.-Hizo una pausa.- Sin avisarla. -Colgó y me miró.
-¿Y ahora?-me limité a decir.
-Mete ropa en una bolsa y vámonos.
-Tengo que avisar a Kory.-alargué el brazo con la intención de impulsarme a coger mi teléfono.
-¿Estás segura?-Su infalible mirada resultó convincente y me retracté.
-¿Lo estás tú?-añadí mordiéndome el labio.
-¿Confías en mí?
Asentí. Él, entonces, se levantó y me tendió la mano. Yo se la cogí y cuando me hube puesto de pie, espeté:
-Fiend.
-Dime.-Sus ojos se clavaron en mi como dos dagas con el filo envenenado.
-Gracias por salvarme la vida...-hice una pausa y, mirándole fijamente, le mostré una sonrisa amplia- Otra vez.

lunes, 20 de abril de 2015

Pequeño inciso.

Hola,
Quería comunicar que he decidido participar en una iniciativa denominada "Quiero conocer tu blog", idea de una blogger conocida, cuyo blog es:
http://labibliotecadeflashia.blogspot.com.es/

A través de este banner podéis acceder a las bases de la iniciativa y participar si lo deseáis.
Enseguida volveré con nuevos capítulos.

No desesperéis,
Lara.

viernes, 10 de abril de 2015

Capítulo veintidos: vigésimo segundo y sádico titubeo.

Con el tiempo Isaac se recuperó. Kory y yo sostuvimos una coartada perfecta y nadie pudo relacionarnos con el incidente, ni siquiera Isaac. Al parecer, al eliminar toda la ponzoña de su sangre, a base de suero y transfusiones, eliminaron también los recuerdos que estaban vinculados al momento en el que el veneno entró en contacto con su cuerpo. Tan solo recordaba haber sido atacado por bestias salvajes.

Pasé la mayoría de mi tiempo en casa de mi héroe. Él me contaba historias y me enseñaba a tirar con el arco, yo cocinaba para él y de vez en cuando le llevaba a mi casa. A mi madre le agradaba: le reía las gracias, le invitaba a tomar el té y le contaba anécdotas de cuando yo era una niña. A veces resultaba molesto; sin embargo, me reconfortaba ver a mi madre sonreír con ilusión. Parecía una niña con una muñeca nueva.


A pesar de coincidir a menudo con los inquilinos, y miembros de mi nueva familia, por los habitáculos del caserón, yo disfrutaba de la soledad de mi cuarto y de los baños calientes de espuma que tomaba de madrugada. Una noche, mientras enjabonaba mi cuerpo entre el resplandor de velas aromáticas, recibí una llamada de un número desconocido. Descolgué y no escuché más que una respiración. Me sentí ofendida y colgué. Instantáneamente recibí otra llamada. De nuevo, solo una respiración al otro lado.

Empecé a sentirme repugnada y aquel lugar comenzó a parecerme lúgubre y vacío. Me incorporé, puse el altavoz del teléfono y una toalla sobre mi cuerpo. Avancé hasta la puerta y la empujé. Advertí las puertas del balcón de mi habitación abiertas de par en par. El viento mecía agresivo las cortinas y la luz de la luna dibujaba una figura cónica en la moqueta. Al finalizar su trayectoria, la puerta del baño chirrió. Se me erizó el vello de la piel y mis dedos se hundieron aún más en la sucia moqueta. Adelanté mi posición medio metro hacia el interior de la habitación, musitando plegarias al silencio más denso y profundo que había saboreado jamás.
Miré en todas direcciones, incluso detrás de la puerta. No había nadie más que yo, mi temor y un sobre en mi mesilla. Corrí hacia él y la toalla se deslizó por mi cuerpo hasta quedarse hecha un gurruño a mis pies. Al tocar el borde del sobre sentí un escalofrío. Lo agarré y saqué la nota que había dentro. "Sorpresa." Una enorme mano apareció frente a mí desde mi espalda, me tapó la boca y me presionó contra su cuerpo. La misma respiración entrecortada que había al otro lado del teléfono inhalaba y exhalaba, con sus labios presionando la parte trasera de mi oreja. Sentí miedo y asco; aún así no podía hacer nada, me retenían en la posición perfecta. Y, entonces, habló:
-¿Por qué estás tan solita?-entonó aquellas palabras en una melodía suave y macabra. Intenté resistirme pero resultó inútil. Él continuó.-Sería una pena que alguien pudiera herirte...-Apretó mis mejillas entre su mano fuertemente y mis pómulos enrojecieron simultáneamente. Quería gritar, moverme, asestarle unos cuantos puñetazos pero me encontraba perfectamente paralizada. Olfateó mi cuello suavemente y acto seguido me lanzó violentamente contra la cama. Caí de espaldas mientras contemplaba su abominable rostro. Cerré las piernas instintivamente y gateé de espaldas hasta el otro extremo de la cama. Él carcajeó.-Si llegara a enterarse de que voy a ser yo quien fracture cada hueso de tu cuerpo, quien te desencaje la clavícula...-Mientras añadía fantasías a su discurso avanzaba un paso más hacia mí y yo retrocedía.-Quien te arranque de cuajo esos preciosos y firmes senos...-conseguí ponerme en pie por el extremo contrario desde el que él se acercaba y apoyé la espalda contra el armario, deseando ser capaz de atravesar la madera.-Y después absorba tu sangre y se relama los colmillos.
Y entonces reaccioné. Corrí hacia la puerta de la habitación y él saltó hacia mí sin lograr agarrarme. Huí de aquella habitación lo más rápido posible pero, al llegar a las escaleras principales de la casa, advertí que había dejado de seguirme. Comencé a gimotear involuntariamente a causa del miedo. Recordé cómo Kory había sido capaz de derrotar a aquellos vampiros con su arco y sus flechas y caí en la cuenta de que yo tenía una de ellas. A pesar de que las piernas me flaqueaban y un tic nervioso me obligaba a mirar en todas direcciones en busca de mi acechador, corrí en busca de la mochila donde guardaba aquella flecha. Al llegar a la puerta entreabierta de mi habitación, una gélida brisa atravesó el intersticio y erizó mi piel. Contuve la respiración y me aseguré, de nuevo, de que nadie me estuviera observando. Entré lentamente. Busqué con cautela la localización de la mochila y la encontré, caída junto a una de las puertas del balcón. Di un paso en falso y a continuación corrí hacia la mochila. Inesperadamente, a mitad de camino, aquel ser repugnante se abalanzó sobre mí y me precipitó contra el suelo. Se incorporó y gateó hasta colocarse a la altura de mis nalgas y se sentó encima. Yo estiré la mano hacia la mochila y él reaccionó forzando de manera sobrenatural, con sus piernas, mis caderas. Gemí de dolor. Sentía que iba a romperme de un momento a otro. Él recorrió mi espina dorsal con uno de sus fríos dedos levemente y lanzó una rosa negra sobre la moqueta; esta cayó a la altura de mis ojos. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Capítulo veintiuno: vigésimo primera tragedia.

Momentos antes de bajarnos del coche, Kory apagó el motor. Se inclinó sobre los asientos traseros y agarró su arco y su carcaj. Después, abrió la puerta y salió. Yo le imité y bloqueó las puertas con el mando inalámbrico. Avanzó un par de metros hasta entremezclarse con los arbustos y yo le seguí sin decir ni una palabra. Tras unos minutos caminando en silencio llegamos a una explanada que limitaba con el río en la que habían muchas tiendas de campaña desmontadas y un camping destartalado. Se podía apreciar que el fuego se había apagado recientemente. Corrí hacia las abandonadas pertenencias buscando algún signo de Isaac. Di vueltas sobre mí misma observando detalladamente todos y cada uno de los objetos que yacían sobre la hierba seca mientras Kory inspeccionaba el lugar minuciosamente. Tras no identificar nada, perteneciente a mi futuro hermanastro, me acerqué al cazador de vampiros.
-No hay nadie. -musité.
-Shh... - impuso él. 
-A...yu...da... - una voz ronca y apenas sin fuerzas se escuchó a nuestras espaldas. Me giré y observé cómo un muchacho se arrastraba hasta la orilla desde el corazón de la corriente. Corrí en su ayuda y Kory caminó detrás de mí. 
Al acercarme, pude advertir el tullido cuerpo de un adolescente al que le habían arrancado un brazo por el codo, le habían arañado el pecho y se desangraba por un terrible desgarro en el cuello. Vi en sus ojos la desesperación y el pavor que sentía en lo más profundo de su alma. Su mirada suplicaba piedad y demostraba sus ganas de seguir viviendo. Me agaché frente a él y, llenando mis manos de su sangre, tiré de su mano hacia mí. Él gemía de dolor y se retorcía. Instantáneamente, Kory reaccionó.
-¡Quieta! - tiró de mis brazos haciendo que soltara al muchacho.- ¡No le toques! - se interpuso entre el chico y yo.
-¡Necesita ayuda! - intenté esquivarle pero fracasé.
-Pronto será uno de ellos... - dirigió la mirada al suelo.
-¡Estás loco! - a través del hueco entre sus piernas vi cómo los atemorizados y oscuros ojos del mártir se tornaban en un intenso color borgoña y sus labios comenzaban a dibujar una siniestra sonrisa. Kory se dio media vuelta y tensando el arco escupió al suelo. Milésimas de segundo después disparó una de sus flechas contra el monstruo, atravesando su cráneo desde el hueso frontal al occipital. La sangre salpicó todo cuanto encontró a su paso en un radio de dos metros. En aquel momento sentía una mezcla de horror y excitación. Gotas brotaron de mis lagrimales de manera involuntaria. Me puse en pie y miré a Kory con asombro. Este me devolvió la mirada y chistó. Caminó en dirección al coche, dejándome atrás. De nuevo miré al muchacho. Su cuerpo sin vida yacía en la orilla del río, sobre un enorme charco de sangre y con un agujero en la frente. Su semblante aún mostraba la terrorífica verdad que se esconde detrás de la existencia de un vampiro, y nada podía reflejarlo mejor que sus cuencas abiertas de par en par y la macabra sonrisa de la locura personificada. Tragué saliva y perseguí a Kory. Cuando estuve a punto de alcanzarle, ambos escuchamos un gruñido que provenía de cualquiera de los arbustos que bordeaban la explanada.
-Kory... - susurré intentando alertarle. Aunque tan solo conseguí hacer notar el miedo que sentía en aquel momento. Él se dio la vuelta y puso su espalda contra la mía. 
-No te muevas ni un ápice. - musitó. De uno de los arbustos surgió un chico corriendo atemorizado. Kory y yo le miramos fijamente y tras unos instantes pude advertir que se trataba de Isaac. Él no se percató de nuestra presencia ya que cada dos segundos giraba la cabeza para cerciorarse de que le seguían. Fui a gritar y Kory me tapó la boca. Forcejeé y moví los brazos en el aire para que mi futuro hermanastro consiguiera darse cuenta de que me encontraba allí, pero resultó inútil. Cuando hubo recorrido unos cuantos metros desde los arbustos, apareció tras él, a la velocidad de la luz, un vampiro corriendo sobre todas sus extremidades como un cuadrúpedo. No alcancé a ver más, ya que instantáneamente, Kory me abrazó, me tapó la boca y se abalanzó sobre mí haciéndonos caer al suelo. Giré la cabeza y vi cómo la sedienta criatura derribaba a Isaac y lo arrojaba contra el forraje. Quería gritar pero la mano de mi protector impidió que nos descubriera. Comencé a llorar mientras el vampiro le mordía sin piedad y le arrancaba pedazos de piel de diversas partes del cuerpo. Las lágrimas impedían ver con claridad cómo se atiborraba de flujo sanguíneo y este chorreaba por toda su cara. Pataleé enfurecida y el feroz engendro se percató de nuestra presencia. Dejó de absorber las arterias de Isaac y nos miró fijamente. Kory rodó hacia el suelo y de una pirueta se puso en pie. El vampiro ladeó la cabeza noventa grados y sonrió maquiavélicamente. Me coloqué de costado y me limpié las lágrimas de los ojos. Aquel ser comenzó a correr hacia nosotros y cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó y Kory le asestó un flechazo en el pulmón. La criatura gimió de dolor, cayó al suelo y comenzó a retorcerse. Yo me levanté y corrí hacia Isaac, pero cuando pasé cerca del vampiro, frené por dos segundos y observé cómo la flecha iba calcinando su cuerpo, poco a poco, desde el filo. Continué mi camino y al llegar, me agaché y posé mi mejilla izquierda sobre su pecho. Su corazón latía a trompicones sin dejar de luchar. Me levanté rápidamente y le agarré de los brazos. Tiré de él hacia los arbustos con la intención de llevarlo al coche. Alcé la vista y vi cómo Kory disparaba firmemente su arco a unos cuantos neófitos que venían a despedazar la presa de su difunto compañero. Dejó a los vampiros sufriendo sobre el terreno. Sus cuerpos ardían casi con la misma intensidad que mi deseo de verlos agonizar. Cuando hubo terminado, corrió en mi ayuda y juntos llegamos al coche sanos y salvos. Arrancó el motor y lo puso a ciento veinte. Condujo lo más rápido posible hasta llegar al hospital de guardia más cercano. En la entrada se levantó del asiento del conductor y pasó a la parte trasera.
-Coge el volante y conduce despacio, cuando yo te diga frena y después acelera todo lo que puedas. 
Asentí y cogí el volante. A su señal frené y caí en la cuenta de lo que iba a hacer, pero cuando quise recriminarle sus intenciones ya había abandonado el moribundo cuerpo de Isaac a las puertas del hospital. Aceleré, Kory volvió al asiento del conductor casi de un salto y salimos de allí antes de que nadie pudiera identificarnos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Capítulo veinte: vigésima angustia.

Permanecí el resto del día en mi habitación, jugueteando con la flecha que guardaba del día anterior. Para mi curiosidad, esta sí volvía a lucir al contacto con cualquier parte de mi cuerpo. Especulé durante horas, fantaseé con algún tipo de magia corriendo por mis venas, transformándome en una especie de heroína que lucha contra el mal. El reloj de la mesilla me alertó de que eran las ocho en punto y eso me recordó que debían esperarme en el comedor.
Durante la cena, mi madre y el doctor nos comunicaron que debían marcharse durante un tiempo a un pueblo no muy cercano de este, ya que habían de investigar un extraño tipo de anemia que había conducido a una gran cantidad de gente al hospital. Isaac no pareció prestar atención y fui yo quien accedió a responsabilizarse de cualquier acto que se produjera durante su ausencia.
Esa misma noche ayudé a mi madre con su equipaje.
-Mamá.
-Dime, cielo. - me tendió la mano.- Pásame el neceser.
-¿Eres feliz con el doctor? -agarré el neceser por el asa y se lo entregué. Ella me miró con el rostro entristecido, me acarició las mejillas y sonrió.
-Claro, cariño.- hizo una pausa. - Es un buen hombre. -sonrió de nuevo.- Y muy apuesto.- me guiñó un ojo.
-No hables como en la Edad Media.- ambas reímos. - Pero sí, es un hombre atractivo.
-¿Por qué lo preguntas? -frunció el ceño y continuó guardando ropa en la maleta.
-Es que se me hace raro todo esto...
-Dale una oportunidad. - cerró la tapa y se dispuso a hacerlo también con la cremallera.
-Eso hago. Estuve pensando en mudarme al edificio grande con vosotros. - me envolví en el pijama. No estaba segura de hasta qué punto estaba dispuesta. Sus ojos se encendieron como candelabros en la oscuridad y me abrazó.
-¡Será genial! ¡A Izan le hará mucha ilusión! Podrías cambiarte ya y para cuando volvamos ya te habrás acostumbrado. - terminado el abrazo me observó con una sonrisa de oreja a oreja. Hacía tiempo que no la veía tan ilusionada.
Corrió a informar al doctor y antes de las once ya me había instalado en mi nueva habitación. Esta era mucho más amplia y también incluía un baño personal. Desde el ventanal se podía ver una gran parte del pueblo, con sus tejados color ladrillo y negro azabache y sus calles empedradas. También se veía un frondoso boscaje de pinos, en cuyas copas se reflejaba la luz mostrando un gran abanico cromático de diferentes tonalidades verdosas y amarillentas. A lo lejos advertí lo que parecía una gran mansión rodeada de la espesa manta de árboles. Probablemente ahí vivía Fiend y todo su ejército de criaturas sobrehumanas. "Si tuviera un telescopio..." pensé.
A medianoche, el doctor y mi madre huyeron de la frívola casa familiar Marquet rumbo a una misión de trabajo e involuntariamente también de placer.
En diversas ocasiones me crucé con el primogénito Marquet en los diferentes pasillos de aquel lugar. Se extrañó de encontrarme merodeando por todos y cada uno de los corredores en busca de algún aliciente que me resultara atractivo de aquella casa. Acabé descubriendo que en muchas de las salas y galerías, que encontraba con la puerta cerrada, estas escondían una historia cada vez más compleja y enigmática de la familia. Una de las veces que me encontré con Isaac en el pasillo se paró frente a mí.
-Si vamos a ser hermanastros vamos a tener que apoyarnos.
-No entiendo.
-A ver, tu das la cara por mí, yo por ti; tú me encubres, yo lo hago por ti. - con las palmas de la mano hacia arriba dibujó con sus manos círculos en el aire, signo de ayudarme a entenderlo.
-Sí, ahora sí. ¿Qué quieres que haga por ti? - enarqué una ceja y él apoyó su brazo derecho sobre mis hombros.
-Me voy a ir unos cuantos días a un camping a la orilla del río con mis colegas, le dije a mi padre que no iría por quedarme cuidando de ti. Tú no necesitas que te cuide y yo no quiero hacerlo. Nadie sabrá que me fui. - con la mano izquierda hizo un recorrido semicircular frente a nosotros como si se dirigiera a un público específico - Volveré antes de que ellos lo hagan. - retiró su brazo de mis trapecios y se puso, de nuevo, frente a mí. - Si se adelantan, llámame. - sacó de su bolsillo un papel con lo que parecía su número de teléfono escrito y entró en una de las habitaciones. Lo guardé en uno de los bolsillo de la chaqueta gris de lana que llevaba puesta y bajé al salón. Quedé encandilada con los sofás de terciopelo verde cazador delineados de madera de haya barnizada al más puro estilo victoriano. Las paredes eran de un verde similar al del sofá y estaban decoradas con enormes estanterías llenas de libros, réplicas de fósiles, representaciones de mapas y algún que otro cactus. El olor a café que se filtraba por los intersticios de las puertas se fundía con el ambiente sombrío de aquel lugar.
-¡Me voy, Alma! - la voz forzada de Isaac se escuchó en el hall y salí en su busca. Portaba una mochila a la que se encontraba atada un saco de dormir y una cantimplora.
-Ten cuidado y que te vaya bien. - sonreí y cerré los ojos durante un segundo para parecer entrañable.
Salió por la puerta y me encontré sola en un mansión totalmente ajena a mí y de la que desconocía cualquier tipo de peligro o refugio. Deseé entonces que alguno de los empleados sintiera pena de mí y decidiera pasar la noche conmigo en aquel lugar, sin embargo no ocurriría nada como aquello. Los empleados del Dr. Marquet estaban bien educados y no volvían al edificio central una vez terminado su horario de trabajo, a no ser que el doctor lo solicitara personalmente. Me dirigí a la cocina y advertí que la puerta que daba al pequeño huerto no estaba cerrada del todo. Corrí hacia ella y eché el pestillo. Comencé a darme cuenta de que allí era vulnerable a cualquier tipo de ataque por parte de ladrones, locos, violadores o cualquier tipo de malechor. Agarré un cuchillo afilado y lo llevé conmigo a todos lados mientras acechaba cada rincón por el que pasaba y escuchaba minuciosamente cada sonido. De vez en cuando me sobresaltaba por algún chasquido de una rama afuera o algún graznido de algún cuervo. Tras varias horas en guardia acabé sumiéndome en lo más profundo de mis sueños en aquel sofá aterciopelado.
Tras algunos días sin sobresaltos acabé acostumbrándome a la soledad nocturna que me proporcionaba la casa. Por el día charlaba con el servicio y trataba de darles el menor trabajo posible. En algún momento me invitaban a su casa y me contaban historias de sus antepasados. En otras ocasiones daba un paseo por el pueblo esperando un encuentro casual e indirectamente provocado pero esperaba en vano. Una noche recibí una llamada desde otro pueblo. Mi madre e Izan debían ausentarse unos días más debido a que no podían sacar ninguna conclusión precipitada de su investigación y debían aumentar su esfuerzo de manera rigurosa. Se despidieron recordando que nos echaban de menos y que pronto volverían a casa. Aquello me tranquilizó y dadas las circunstancias me hizo sentirme de nuevo en una familia. Me acurruqué en una manta sobre el sofá del salón, con la intención de conciliar el sueño y, cuando estuve a punto de hacerlo, una luz me cegó a través de la ventana. Entreabrí los ojos y vi que la luz parpadeaba. Me acerqué lentamente a la ventana y retiré las cortinas para sacar una conclusión más acertada. La luz provenía de un coche por lo que alguien estaba haciendo la luz parpadear. ¿Era a mí? Al verme asomada, la persona volvió a hacer parpadear las luces y yo, instintivamente, me oculté rápidamente tras la cortina y me alejé de la ventana caminando hacia atrás. Me dirigí hacia la cocina y cogí el cuchillo que me acompañó mi primer día sola en la casa y lo escondí en la chaqueta. Guardé las llaves de la mansión en el bolsillo del pantalón y salí de la casa. Caminé hacia la verja aún sin ver con total claridad pero firme y segura. A medida que me acercaba podía reconocer con más exactitud el todoterreno de Kory. Salí del recinto y tras cerrar la verja tras de mí me dirigí a él.
-¿Qué haces aquí? - sonreí.
-Voy de caza al río y como me pillaba de camino tu casa me pareció apropiado venir a hablar contigo.
-Oh, qué detalle...
-Quería saber por qué te fuiste así de mi casa. - se apoyó en el capó del todoterreno y me miró de arriba abajo.
-Oh, es que recordé que había olvidado decirle a mi madre que salía y si estoy mucho tiempo afuera sin avisarla llama a la policía y monta un follón por nada. -me llevé la mano a la nuca.- Lo siento.
-No, tranquila. Si total, tenía que arreglar unos asuntos. -me tendió la mano. Yo se la estreché y tiró de mí hacia él. Apoyé mis manos sobre su chaqueta de cuero negra y nos miramos a los ojos durante unos instantes. Segundos después me alejé de él un par de pasos hacia atrás y miré hacia otro lado.
-Al parecer esta noche están habiendo ataques de vampiros.
-¿Ataques?
-Sí. Deben de tener hambre esos cabrones.
-¿Ataques a gente normal, del pueblo?
-Si, Alma. Y me voy ya, que parece ser que hay un camping cerca del río y no queremos que esos malditos toquen a nadie más. - se subió en el asiento del conductor mientras me miraba cuidadosamente.
-¿¡UN CAMPING!? ¡Llévame ahora mismo! - subí al asiento del copiloto y cerré la puerta.- ¡Isaac está allí!
-¿Isaac? - preguntó aún con su puerta abierta.
-¡Sí! ¡Corre! - golpeé el salpicadero y él, con suma tranquilidad, cerró la puerta del coche.
-¿Quién es Isaac?
-¡Llévame allí! - grité preocupada.
-¿No me vas a decir quién es? - me miró fijamente a los ojos.
-¡No es momento para ponerse celoso! - me arrepentí de lo que acababa de vomitar y él hizo un gesto de incredulidad y arrancó el motor. Me tranquilicé ipso facto y observé cómo se alejaba mi casa y desaparecía entre la densa niebla del paisaje.

Capítulo diecinueve: decimonoveno encuentro.

Quienquiera que fuese la persona que se encontraba fuera no desistió. La puerta retumbó unas cuantas veces antes de que llegara a abrirla. Rosh y su característica melena bermellón me arrollaron a su paso,' urgente por entrar en mi apartamento. Cerré la puerta a mis espaldas. Él inspeccionaba cuidadosamente mi morada.
-¿Qué haces aquí? - incoé.
-Vengo a advertirte. ¿Qué es este lugar? Huele asquerosamente mal. - olisqueó el ambiente arrugando la nariz y después hizo un gesto de disgusto.
-Gracias. Es mi habitación. Advertirme, ¿de qué? - caminé hacia él hasta quedarme a una distancia apropiada y le miré dubitativa.
-Te estás metiendo en un terreno muy peligroso, niña. Nada de nuestra familia es asunto tuyo, aunque toda tú seas asunto nuestro. Tienes la opción de mantenerte al margen y permanecer viva o intentar entrometerte y morir a la primera de cambio.
Permanecí en silencio intentando averiguar su propósito.
-Mira, eres joven aún, no quiero que te pase nada y si andas de galanteo con Fiend, tarde o temprano, acabarás herida. - me miró con ternura y se acercó delicadamente a mí, sin dejar a un lado sus aires de prepotencia varonil; después, puso su mano en mi mejilla y la acarició con suavidad. Me sentí violenta e instantáneamente di dos pasos hacia atrás. - No me malinterpretes, es solo... No importa.  - pasó a mi lado y me dejó atrás mientras dirigía sus pisadas hacia la puerta.
-¿Tú también eres un vampiro? - rápidamente me di media vuelta. Él pareció sorprenderse.
-Así que ya lo sabes.
-No fue difícil de adivinar cuando casi me devoran la otra noche.
-¿Entiendes ahora lo que te digo? No merece la pena que por un entusiasmo pasajero ocurriera alguna tragedia.
-No has respondido a mi pregunta. - espeté firmemente.
-Eso es todo lo que te interesa, eh... - sus ojos se anegaron con desesperanza y rechistó. - Me estás comprometiendo... No es justo, joder. - salió de allí y me dejó plantada, con demasiadas preguntas. El portazo que siguió sus huellas me devolvió a la realidad.


Lo primero que hice nada más levantarme fue ir a visitar a Kory. No pasé por el comedor, ni saludé a nadie. Llevaba la flecha en la mochila. Al llegar me invitó a desayunar, se había informado de mi pasión por los tés y había comprado una cantidad considerable de cajas con distintos sabores. Tras hablar durante un rato sobre banalidades, se atrevió a iniciar el tema de la pasada noche.
-¿Cómo llegaste a casa la otra noche? - al decir aquello dejó el café en la mesilla frente a la televisión, giró el cuerpo dirigiéndolo a mí y esperó.
-Fiend me llevó. - di un sorbo a mi té de jengibre y canela y mantuve los labios sobre el borde de la taza, tratando de ocultar, a duras penas, mi rostro.
-¿Fiend? - enarcó una ceja.
-Uno de los chicos que iba aquel día en el Porsche.
-¿Cómo supo que estabas allí?
-Supongo que pasaría por allí, escuchó el alboroto y me encontró a mí. - de nuevo mojé los labios en la infusión y le observé detenidamente. No se movió un ápice.
-¿A esas horas? ¿En medio de ese revoltijo?
-Era revoltijo para nosotros que sabíamos lo que estaba pasando, pero cuando salí de allí con Fiend el bosque estaba tranquilo. -di otro sorbo al té, intentando no dirigirle la mirada en ningún momento.
-Pensé que me esperarías... - agachó su cabeza y la giró apoyando el pómulo sobre el hombro para intentar hilar su ojos con los míos. Alejé la taza de mi boca y la posé sobre la mesilla, mirando en otra dirección.
-Ya, lo siento, no supe que hacer. - tras pensarlo repetidas veces le miré. Él cambió el semblante, suavizándolo.
-No te preocupes, ya lo hice yo por ti al no encontrarte.
-Lo siento.
-Pensé que te había pasado algo, pero no lograba encontrarte en ningún sitio. -cerró los puños y después sonrió. Yo hice un gesto de aflicción y me recosté sobre el respaldo del sofá. Él me miró detenidamente y su rostro mostró desconcierto. - ¿No vas a preguntarme nada al respecto?
-Eh... - me incorporé casi de un salto. No caí en la cuenta de que al saber qué era lo que había pasado me lo estaba tomando con demasiada tranquilidad de la que debería en función de lo que yo pretendía hacerle creer a él.- Es que estoy atónita aún. No se qué preguntar exactamente.
-Pensé que esto sería más fácil o que, al menos, reaccionarías de otra manera.
-Me da miedo pensar en esos rojos ojos, mirándome... - simulé un escalofrío. Kory me abrazó. - Quiero que me cuentes todo sobre ti.
Kory se alejó poco a poco de mí y vi cómo se mordía el labio. Resopló.
-Espera aquí.
Se levantó de su asiento y desapareció de la sala. La verdad es que, aún sabiendo la naturaleza del problema de ayer, me interesaba su versión de los hechos. Di otro sorbo al té hasta acabármelo y le esperé. Atravesó la puerta con un enorme arco de madera maciza en la mano y una aljaba llena de flechas. Caminó hacia mí y se sentó de nuevo en su sitio.
-Mira, Alma, no soy una persona cualquiera. - tendió el arco y el carcaj sobre la mesilla y cogió de esta su cajetilla de cigarrillos. Se llevó uno de ellos a la boca y se lo encendió. - En mi último viaje a mi casa descubrí una serie de responsabilidades que me han tocado sin tomar ninguna decisión. - dio una calada y exhaló el humo que se interpuso entre nosotros nublándole el rostro. - La criatura de aquel... -hizo una pausa.- ¡Joder! No se por dónde empezar.
-A ver, te ayudo. - giré mi cuerpo hacia él. - ¿Qué era esa criatura de la otra noche? - él inhaló de nuevo humo y lo expulsó por la nariz.
-Aquel ser que nos atacó era un vampiro.
-¿Un vampiro? - intenté fingir nefastamente pero él no pudo apreciarlo ya que se encontraba demasiado concentrado en cada palabra que iba a pronunciar.
-Sí. No son como los de las pelis, estos no tienen control de sí mismos cuando tienen hambre y atacan a las personas inocentes. Se las comen y a veces las vuelven seres no muertos como ellos. Bastardos. - dio una profunda calada y exhaló el humo lentamente tratando de relajarse.
-¿Y tú qué tienes que ver con ellos?
- Yo los cazo. Soy cazador de vampiros. - mi cara de desconcierto habló por sí sola. - Yo antes no era así, pero cuando esos malditos mataron a mi hermana y volví a casa, mis padres me lo contaron todo. Al parecer, la sangre de cazador de vampiros lleva en mi familia muchas generaciones y mi hermana Alexia era una de ellos. Vino aquí a investigarlos. - terminó el cigarrillo y lo aplastó contra el cristal del cenicero con saña.
-¿Aquí? ¿Por qué? - fruncí el ceño.
-Porque, al parecer, no solo mi familia caza vampiros. Si no que hay muchas más.
-¿Quiere decir eso que existen vampiros en todo el mundo?
-No estoy seguro. Pero existe una especie de Hermandad, un Consejo donde llevan este tema lo más controlado posible. Y al parecer, se enteraron de la posible existencia de vampiros aquí y mandaron a mi hermana.
-¿Pero tú...? - tosí a causa del humo que bailoteaba alrededor de mi garganta.
-A mí me dieron un arco que, cuando me hubieron contado toda la verdad y recordé algunas experiencias pasadas, reaccionó a mi tacto y lució de la nada. - miró directamente a la mesilla.- Lo toqué y brilló. Sin más. Con la luz violeta más intensa que había visto nunca.
-Oh... - aquello me recordó al momento en el que al tocar la flecha morada en mi habitación, esta refulgió. ¿Quería decir aquello que yo...? Tonterías. Llevaría impregnada fragancia de Kory o algo similar.
-Se que es difícil de asimilar pero no hay otra explicación para lo que ocurrió la otra noche. Intentaba involucrarte lo menos posible y aún así esos cabrones no entienden una mierda. - me miró de reojo y no supe qué decir.
Aproveché el momento en que salió de allí para tocar el arco y las flechas, esperando una reacción al contacto pero nada ocurrió. Me decepcioné. Por un momento había soñado ser alguien diferente, alguien extraordinario con el poder de decidir sobre las vidas de los demás. Sin embargo, en tan solo un segundo volví a la dura realidad de ser el pequeño cordero entre lobos. Ante tal chasco decidí que debía asimilar todo lo que había sucedido a mi alrededor en mi intimidad y al grito de una despedida me marché de allí y me encaminé hacia "mi" casa.
Al llegar a la verja de la finca escuché una risa aguda, lejana y traviesa a mis espaldas. Me giré. Al final del camino de tierra, vi semiescondida, tras un árbol, la tétrica figura de una niña pequeña con el cabello negro, largo y liso, que sonreía maquiavélicamente mientras escondía un ojo tras la corteza y me miraba con la enorme pupila que devoraba el iris del ojo que dejaba al descubierto.

sábado, 11 de octubre de 2014

Capítulo dieciocho: decimoctavo presagio.

Unos dedos suaves rozaban mi rostro con suma delicadeza mientras yo volvía a tener conciencia. La misma melodía gentil y apacible que creí escuchar hacía no mucho tiempo, repiqueteaba en mis oídos, atiborrándolos de elegancia. Me ovillé entre aquel edredón que se sentía mullido y fresco. Hundí las mejillas en su esponjosidad. De nuevo, me acariciaron la cabeza. Esta vez abrí los ojos. Me encontraba en una habitación muy amplia. Sus paredes eran de un gris tan claro que parecía blanco nieve, tenía muchos espejos, pocos muebles, de madera policromada al blanco y al dorado. La cama en la que me encontraba yo era más grande que la típica cama de matrimonio convencional y reconocí la colcha que me rodeaba. Yo había estado allí antes. Frente a mí; Fiend, ya sin sangre en las manos, lucía una espléndida y lúgubre sonrisa saturada por los rayos del Sol, que atravesaban los huecos de la persiana como si lucharan en Vietnam. Una de esas traviesas centellas aterrizaba en uno de sus ojos, volviéndolo grisáceo y cristalino. Su pelo revuelto, en cambio, parecía más oscuro al no interactuar con ninguno de los rayos y sin embargo le hacía parecer un tanto estoico, sin dejar su sensualidad de lado. Se encontraba sentado en una silla de madera, recostado hacia atrás, con sus largos brazos juntos cayendo por el hueco que había entre sus piernas.
-Alma. - pronunció mi nombre con sutileza y se agachó hacia mí.
-¿Dónde...? - mi voz sonó áspera.
-Estás en mi habitación. - esbozó una sonrisa de medio lado.
-¿Qué pasó anoche? - me toqué el pelo, no parecía muy despeinado. Bostecé.
-¿Quieres que te traiga algo de comer? Has dormido mucho... - se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta de la habitación, al fondo, justo en frente de la cama.
-No, gracias. No tengo hambre. - miré a mi alrededor y vi, en la misma silla en la que se sentaba antes, mi ropa colgada sobre el respaldo. Levanté rápidamente el edredón y miré en su interior. Llevaba mi ropa interior, pero encima me habían colocado una especie de camisón corto, blanco, de seda. Sentí vergüenza y automáticamente lancé la parte que sostenía de la colcha hacia el final de la cama y me sonrojé. Error. Desde el final de la habitación Fiend me observaba con los cinco sentidos. De repente su semblante cambió y se encaminó hacia mí, grácil y refinado. No supe cómo reaccionar y me escondí debajo de las sábana y el edredón. Él rió desde afuera y se sentó a los pies de la cama.
-¿Has sido tú? - pregunté ofuscada.
-No, fue mi hermana Daeryn. - tras oír aquello me sentí aliviada y volví a destaparme.
-¿Qué ocurrió anoche? Y esta vez no me evadas. - le miré fijamente a los ojos. Él sostuvo la mirada y declaró.
-Ayer casi te matan. Tu amigo cazó a un novato de los nuestros, un neófito inexperto, y saltó la alarma. Mandaron a unos cuantos a encargarse del cazador pero cuando me enteré de quién era supe inmediatamente que estarías involucrada y fui a buscarte. Te encontré y los demás intentaron atacarte, te desmayaste y te traje aquí.
-¿De los nuestros?, ¿cazador?, ¿atacarme? - todas las piezas acabaron por encajar. - ¿Tú también eres uno de ellos?
-Sí. - automáticamente se dio la vuelta para que no le mirara a la cara. Yo gateé a través de la cama, le rodeé y me subí en su regazo. Le miré fijamente a los ojos y él me devolvió la mirada. Sus penetrantes pupilas me transmitieron confianza e instintivamente llevé mis manos hacia su boca y se la abrí. Él no opuso resistencia. Observé sus largos y afilados colmillos. Sentí miedo por un instante pero súbitamente lo perdí. Usé el dedo índice para introducirlo en su boca, y tocar uno de los colmillos. Con la boca abierta, y la cabeza alzada levemente, me miraba desconcertado.
-¿Quieres comerme? - dije sin pensar. Él pareció sorprenderse pero no hizo un gesto desagradable. De repente volví a la realidad: él estaba sentado sobre la cama, yo de rodillas sobre su regazo con un camisón corto de seda preguntándole que si quería comerme. Me ruboricé y gateé hacia otro lado de la cama lo más rápido que pude. Había metido la pata de la manera más horrorosa posible. Me puse nerviosa y me tapé mediocremente con el edredón.
-¿Me dejarías comerte? - contestó mirándome directamente a los ojos con decisión. Comencé a hiperventilar suavemente. Él rió. - Es mucho más complicado que eso... - Se levantó y caminó hacia la puerta.
-Lo siento. Lo he hecho sin pensar, no quería incomodarte. Entiende que sea raro para mí...
-Tranquila. - me interrumpió. - Será nuestro pequeño secreto. - sonrió pícaramente. - ¿Quieres que te lleve a casa?
-Te lo agradecería.
-Vale. Cuando estés lista avísame. Estaré aquí afuera. - abrió la puerta, salió de la habitación y cerró a sus espaldas. Suspiré aliviada y sumamente avergozada.
-Nunca me había sentido tan ridícula... - pensé en alto.

Cuando terminé de vestirme salí en busca de Fiend; que, tal y como había dicho, permanecería esperando justo afuera. Su casa era enorme, aunque el hecho de que estuvieran casi todas las persianas bajadas no me dio oportunidad de fijarme en el decorado. Anduvimos un largo recorrido hasta el garaje. Este era casi tan grande como la superficie de la casa del doctor Marquet. Habían cantidad de vehículos, desde antiguas motocicletas a deportivos de lujo. Caminó hacia un destacable Aston Martin Vanquish de color negro carbón. Tenía un acabado brillante y estaba tan limpio que alcancé a ver el reflejo de mi melena dorada, casi platina. Abrió la puerta del copiloto y esperó a que me sentara. Le miré y dudé. Él asintió y después cerró la puerta. Al montarse en el asiento del conductor me miró a los ojos.
-Nunca te fíes de un condenado. - arrancó el motor y nos mantuvimos en silencio todo el trayecto. Cuando paró frente a la verja él esperó a que bajara del coche y yo encaudé la situación a otro puerto.
-¿Por qué me atacaron?, es decir, ¿por qué a mí? - me desabroché el cinturón y giré mi cuerpo hacia él.
-Eres exactamente lo que ellos no tienen, Alma. - no me quedé satisfecha tras aquellas palabras pero intuí que no pretendía revelarme nada más. Hice un gesto de resignación y salí del coche. Aún con la puerta del deportivo abierta le miré.
-¿Volveré a verte pronto?
-No si quieres permanecer a salvo. - me guiñó un ojo y cerré la puerta.
Al llegar al pórtico de mi apartamento vi clavada en él una de las flechas de Kory. En la punta sostenía una nota. Arranqué la flecha rápidamente y miré en todas direcciones, esperando que nadie hubiera visto nada. Entré y recogí la nota: "Me urge saber que estás bien. Ven a verme cuando puedas. Ten en cuenta que si pasan más de dos días y no se nada de ti entenderé que no has vuelto a casa y te buscaré en cada confín. Pd: si eso supone llevarme por delante a más de uno y más de dos vampiros, será un gusto. Kory." Sonreí en la soledad del único momento de paz que había tenido en los últimos días y me senté en la cama. Agarré la flecha, que al contacto con mis dedos empezó a centellear a través de las inscripciones moradas. Las chiribitas rosadas y plateadas, que emanaban de las hendiduras, parecían interpretar el Cascanueces de Tchaikosvky y me quedé anonadada mirando aquel espectáculo lumínico hasta que, de repente, alguien golpeó la puerta.

Capítulo diecisiete: decimoséptimo hallazgo.

Un golpe seco me alejó de mi estado somnoliento y sentí retumbar el suelo. Palpé el sofá y no encontré a Kory. Poco a poco abrí los ojos, el salón estaba a oscuras y el único atisbo de luz emanaba de la nieve de televisión. Me levanté de allí y, a tientas, busqué el interruptor de la luz.
-¿Kory? - bramé. Mi voz sonó ronca. Nadie respondió.
Caminé lentamente esperando no tropezar con nada. Al llegar a la puerta toqué el marco para ubicar mi posición y escuché golpes. Seguí los ruidos; que, a medida que yo avanzaba iban siendo más fuertes. Conseguí adivinar que eran portazos mientras penetraba en el oscuro y eterno pasillo de aquella casa. Los tablones de madera del suelo chirriaban cada vez que daba un paso. Comencé a escuchar muchos golpes acercarse a mí violentamente.
-¡¿KORY?! - chillé. De repente aparecieron ante mí unos enormes ojos rojos, relucientes cual réprobo rubí, dieron un salto de casi dos metros y pasaron por encima de mí para estamparse contra una pared.
-¡Al suelo! - la voz de Kory provenía de la oscuridad infinita del corredor, pero aunque sonaba lejana, también lo hacía firme y decidida. Yo, confusa, obedecí sin llegar a procesar lo que acababa de oír, y cuando las yemas de mis dedos se hundieron en el húmedo barro que yacía esparcido sobre la madera algo refulgente atravesó el aire por encima de mi cabeza a gran velocidad. Escuché un quejido. Kory corrió hacia mí dando zancadas estruendosas y yo me di la vuelta sentándome con los pies y las manos apoyados en el suelo. Gateé insegura hacia atrás y; de nuevo, los ojos rojos se alzaron ante mí, a la altura de los míos y sentí cómo una terrible oscuridad inundaba su alma. Seguidamente, los ojos gruñeron en las tinieblas. Saqué el móvil de mi bolsillo y alumbré con la linterna mis piernas, las cuales temblaban al compás de la respiración entrecortada de mi cazador. De repente, un reguero de sangre serpenteó paulatinamente hasta mis deportivas, centelleando bajo el resplandor proveniente del teléfono. Sentí un escalofrío callejear a través de las vértebras de mi espina dorsal. Exhalé un sollozo involuntario y acto seguido me tapé la boca con ambas manos. El móvil cayó al suelo más allá de mis pies alumbrando hacia el techo y dejando entrever las facciones de un hombre famélico, cuyos huesos creaban sombras tan duras sobre su rostro que junto a sus iris escarlata formaban el semblante más maquiavélico y peligroso que había visto jamás.
-Ya eres mío... - musitó Kory. Aquel hombre esbozó una sonrisa malvada y acto seguido comenzamos a escuchar pisadas por toda la casa. - Vámonos. - me levanté dejando allí el móvil, Kory me agarró del brazo y tiró de mí hacia la puerta. Escapamos de allí como pudimos y a la luz de la luna vi a Kory correr con un arco a la espalda y un carcaj lleno de flechas en cuyo astil habían grabadas unas inscripciones con tinta violeta resplandeciente. Corrimos hacia el bosque y nos escondimos entre unos arbustos espesos. Allí Kory sacó de su bolsillo un pañuelo de terciopelo. En su interior había una cabeza de ajo.
-¿Ajo? - susurré.
-Shh... - apuró él mientras partía en dos su liliácea. - No hables. Restriégate esto por la cara y el cuerpo y pasaremos desapercibidos.
-Pero... - quise insistir, pero Kory me tapó la boca. Hice caso a sus indicaciones y de pronto la espesura comenzó a agitarse como si una estampida estuviera atravesando su forraje sin apenas rozarlo.
-Espera aquí, volveré a por ti, te lo prometo. - me besó la frente y desapareció entre las hojas. Esperé un par de minutos sin moverme, sin decir ni una palabra, tan solo mirando a través de las ramas y tratando de descubrir lo que estaba ocurriendo. Me importunó sin previo aviso un álgido viento entrometiéndose entre mi ropa, forzando a mi piel a erizarse, y repentinamente me sentí observada. Escuché alaridos desgarradores que provenían de todos lados e instintivamente fui girando mi cabeza, poco a poco, hasta descubrir si alguien aguardaba a mis espaldas. La tenue luz que traspasaba las copas de los titánicos pinos descubrió la figura descolocada de un hombre que apenas llegaría a los cuarenta. Me quedé estática esperando su reacción. Él se acercó a mí lentamente, atravesando los haces lunares que revelaron unos rojos ojos mate que me miraban con fervor.
-Delicioso... - abrió la boca para relamerse los labios y la evidencia que había estado ignorando todo este tiempo relució nívea destapando su forma. La afilada punta de sus colmillos refulgió durante un instante. Me sobrecogí. - Eres solo para...¡MÍ! - fue a abalanzarse sobre mí cuando de repente vi su cuello torcerse casi ciento ochenta grados. El crujido de la vértebra sentenció su final. Vi cómo su cuerpo se derretía entre las sombras y caía hueco sobre la hojarasca. Estaba atónita.
-¿Qué haces aquí?  - Fiend apareció de entre las sombras. - Mejor no hables. Dame la mano.  - me tendió su mano, amplia, delgada y casi tan pálida como yo en aquel momento. Yo se la estreché temblorosa.
-¿Has sido tú? - él me ayudo a levantarme mientras yo le agarraba con fuerza.
-Sí. Y no quiero tener que volver a hacerlo. Vámonos. - tiró de mí y yo le seguí. Sabía exactamente por dónde moverse, qué pasos dar y cuándo darlos para pasar desapercibidos entre aquel pandemónium paradójicamente imperceptible. Me apené por Kory, sin embargo temía quedarme allí sola, expuesta al peligro.
-¿Por qué se han revuelto? - pregunté indecisa.
-Tu amigo les ha provocado. - soltó irritado.
-¿Kory? - entrecerré los ojos para agudizar la vista y justo en ese instante él paró en seco. Pisé una rama que chascó más de lo normal y escuché a alguien relamerse a mis espaldas. De pronto, Fiend se dio media vuelta y de un revés le desarticuló la mandíbula a otro de esos monstruos. La víctima gimió pero continuó con su plan de asaltarme. Fiend lo detuvo cuando me rodeó con elegancia y desenvoltura, e introduciéndole la mano en el pecho, le arrancó el corazón y lo lanzó sobre la opaca superficie natural. Abrí los ojos de par en par. Me llevé las manos a la boca e instintivamente salí de allí corriendo. Fiend suspiró a mis espaldas y corrió en mi busca. Tardó apenas un segundo en alcanzarme, cogerme de la mano y frenarme.
-¿Te he asustado? - se llevó la mano a la boca y me besó los nudillos. Sentí latir mi corazón, con miedo y vigor, y no supe responder. - Lo siento. - tiró de mi brazo hacia él y me abrazó aplastándome contra su pecho. - Pero debemos salir de aquí.
Fui a intervenir, desconcertada, pero en su lugar estornudé. Antes de querer darme cuenta, Fiend me había soltado y le había arrancado un brazo a otra criatura semihumana. Miré a mi alrededor y vi una cantidad incontable de ojos rojos dirigidos a mí. Comencé a hiperventilar.
-¿Fiend? - mi voz sonó entrecortada e inquieta. Él se dio la vuelta y se puso delante de mí para protegerme. De repente, todos los ojos rojos se desvanecieron en la negrura, y la presión en mis arterias me hizo desfallecer. Mi vista se nubló y la imagen se fue alargando y desplazando hacia arriba hasta que observé la absoluta e incondicional oscuridad.

martes, 7 de octubre de 2014

Capítulo dieciséis: decimosexta pieza.

-¿Qué ha sido eso? - susurré.
-No lo se, pero corre. - me cogió de la mano y salimos corriendo en dirección contraria.
-¿Y Rosh? - corría todo lo rápido que podía pero Fiend lo hacía mucho más deprisa y tiraba de mí demasiado fuerte.
-Estará bien, confía en mí.
Dimos un rodeo no muy grande y acabamos al principio de la carretera interurbana que se encontraba cerca de la casa de Kory. Allí apareció el Porshe a velocidad de vértigo. Paró frente a nosotros. Rosh, al volante, tenía sangre en las manos, en la camiseta y en la cara.
-¿Qué te ha...? - Fiend abrió la puerta de atrás y me empujó dentro del vehículo.
-La culpa es tuya. - alegó Rosh sin inmutarse, irritado.
-Una mierda, no saben controlarse. - contestó Fiend.
-¿Qué ha pasado allí abajo? - pregunté, sin embargo parecieron ignorarme.
-Joder, hermano.
-Esto ha sido inusual. - Fiend golpeó el salpicadero con el puño cerrado.
-Lo tenía planeado. -refunfuñó su compañero.
-¿Hola? ¿Me queréis decir qué ha pasado? ¿Por qué tienes sangre? ¿Estás bien? ¿Quién tenía planeado el qué?
-Cállate, me estás poniendo nervioso. - Rosh conducía demasiado deprisa y yo aún seguía demasiado exaltada.
Frenó y me instó a bajar. Miré por la ventanilla, había parado frente a mi antigua casa.
-Yo ya no vivo aquí.
-¿Qué? No me jodas...- gruñó Rosh.
-Cálmate, pecho lobo.
-Vivo en una finca afuera del pueblo, terreno de la familia Marquet.
Arrancó de nuevo y me llevó directamente a mi destino. Al llegar me bajé del vehículo y observé la verja desde afuera. Fiend se bajó detrás mía y se acercó a mí.
-Oye, ten cuidado. No le cuentes a nadie lo que ha pasado esta noche.
-¿Qué era eso?
-Algunos los llaman no-muertos, otros los llaman demonios...Yo los llamo condenados. Cuídate, ¿vale?
-Pero... - le rogué respuestas con la mirada.
-Ya hablaremos de ello, pero ahora no es el momento. - se acercó a mí y me despeinó con la palma de la mano. - Vete a casa. - caminó hacia el coche y se montó en el asiento del copiloto.
-Volveréis a por mí, y si no, os buscaré y os mataré. - esbocé una sonrisa forzada y me di la vuelta.
Escuché rugir el motor del deportivo y el coche desapareció a mis espaldas. Introduje la llave en el candado de la verja y corrí hasta mi apartamento para tirarme en la cama y descansar.


Durante dos días me mantuve prácticamente recluida en mi habitación leyendo novelas de suspense. No por miedo a lo que había pasado aquella noche sino porque no había tenido contacto ni con Fiend, ni con Kory y no tenía nada mejor que hacer. De vez en cuando salía a socializarme con el resto de miembros de mi nueva familia y hasta resultaba agradable. Aún así, mi madre y el doctor pasaban mucho tiempo en el hospital, pues le escuché decir que un tipo de anemia, al parecer, grave; estaba afectando a algunos habitantes de los pueblos vecinos y tenían mucho trabajo. Al tercer día decidí salir a comprar algunas cosas al pueblo como tés, cactus y más libros, y a ver si por fortuna, me encontraba con alguno de mis supuestos amigos.
Complaciendo mis deseos encontré a Kory cruzando la calle y me encaminé hacia él disimuladamente. Él, al verme, no dudó en acercarse.
-Alma...
-Oh, hola. - miré hacia otro lado.
-Quería disculparme por lo del otro día, aún no he superado lo de mi hermana del todo y me alteré, se que estuvo fatal comportarme así, sabes que yo soy un caballero... No supe controlarme y lo siento, llevo pensándolo estos días y estoy muy arrepentido.
-Lo entiendo, no te preocupes, pero no comprendo qué relación tenía con lo que yo te estaba contando.
-Es que, verás... - puso su mano sobre mi hombro. - No puedo hablar de eso ahora mismo, pero si quieres que te lo cuente podríamos quedar en mi casa, donde nadie nos pueda escuchar.
-Mmmmh... Sí, no veo por qué no. - sonreí brevemente. - Pero con una condición.
-Claro, lo que sea. - retiró la mano de allí y se la llevó a la nuca.
-Tienes que prepararme una cena exquisita. - reí y él rió conmigo.
-No soy muy buen cocinero, pero... trato hecho. - me tendió la mano derecha con un gesto dubitativo en el rostro y yo se la estreché como pude con la mía llena de bolsas. - ¿Esta noche?
-De acuerdo.
-¿Te parece bien a las nueve? - sonrió como  el día en que le conocí.
-Perfecto. ¿A las nueve en tu casa?
-Te estaré esperando. - al decir aquello continuó su camino en dirección contraria y yo me dirigí a casa a prepararme para la cena.
Al llegar a casa de Kory esperé frente a la puerta un par de segundos antes de llamar mientras me acicalaba el pelo. Después llamé al timbre y él mismo fue quien abrió. Al verme pareció sorprenderse. Se había peinado con gomina y llevaba un trapo de cocinero en el hombro.
-Estás muy guapa. - me señaló que podía pasar.
-Gracias. Te he traído un regalo. - entré y le enseñé un cactus pequeño que llevaba en mis manos.
-Oh, muchas gracias, Alma. Me encantan los cactus. - lo cogió por la maceta y se dirigió a alguna parte. Yo le seguí. Entramos en lo que parecía su salón y colocó el cactus junto a la ventana.  A un metro escaso de la ventana había una mesa de comedor. En ella habían colocado un mantel de estampado nevado, unas copas de vino, cubiertos perfectamente colocados y una vajilla antigua con un motivo floral dibujado, probablemente a mano, sobre la porcelana. Aquella imagen me dio escalofríos. ¿Aquello era una cita? Como las de las películas románticas en las que cenan canard à l'orange, se dicen lo mucho que se gustan mientras beben vino y al final acaban enamorados, en la cama de alguno de ellos. Esa idea no me gustaba en absoluto. Dudé por un instante en si debía marcharme de allí, sin embargo, sería mucho más sencillo y correcto explicarle a Kory que mi idea de una cena era otra cosa totalmente diferente.
-¿Te gusta el pato? - gritó desde la cocina.
"Mierda" pensé. ¿Cómo debía reaccionar? No era esto lo que yo tenía pensado.
-No lo he probado nunca.
-Pues entonces te va a encantar.
-Oye, ¿tus tíos dónde están? - me quité la chaqueta y la apoyé sobre el respaldo de una de las sillas.
-Veraneando en el norte. Se ve que no les gusta el calor. - su voz sonaba cada vez más cerca, pues traía la comida en una bandeja. Me miró indeciso.
-Oye Kory...
-Dime. - sus ojos me transmitieron temor al oír aquellas palabras.
-Esto no es precisamente lo que yo tenía pensado...
-Ah, ¿no? - suspiró aliviado.
-No.
-No sabes qué alegría me das. Llevo toda la tarde buscando en internet qué preparar como cena para dos y me han salido todo tipo de respuestas y he acabado en una receta de pato a la naranja en la que ponía que acompañarlo de vino era la mejor opción, que a mí me parecía una ridiculez todo esto, pero no sabía si a ti te iba a gustar...
Sonreí.
- ¿Tienes pizza?
-Claro. La caliento en un momento. Puedes quitarte los zapatos y tumbarte en el sofá. - corrió a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja y apareció minutos después con una pizza hecha en el microondas y dos botellines de cerveza. Dejó todo en la mesita de café y se sentó conmigo en el sofá.
Me contó que la noche que encontramos a su hermana, cuando inspeccionaron su cadáver encontraron pelos negros y un montón de rosas negras a su alrededor. Además, pasamos la noche hablando de muchas cosas más que no nos ponía triste a ninguno de los dos hasta que me quedé dormida en su hombro mientras me contaba la historia de un joven repudiado por su familia que vagó por las ciudades en busca de algo que comer y acabó descubriendo que era un legendario cazador de vampiros...

lunes, 6 de octubre de 2014

Capítulo quince: decimoquinto enigma.

El té en aquel lugar sabía fantástico. Se mezclaban en mi paladar la dulzura de la canela molida recién recolectada en los campos de Sri Lanka con la robustez del té negro y su nebulosa conspiración de sensaciones. No tan suculenta era mi conversación con Kory. No le convenció mucho mi respuesta cuando me preguntó de qué conocía a aquellos chicos que iban en el coche y desde entonces apenas parecía interesarse por lo que le contaba. Desde aquella terraza podía observar la fuente que no veía desde el día en que allí mismo se sentó Lucrecia con su vestido blanco.
-A propósito, antes no terminaste de contarme lo de Lucrecia. - perdí la conexión con mi mundo particular y tardé en articular lo que acababa de decirme. Le miré durante unos instantes y después dije:
-Ya, nos interrumpieron.
-¿Y bien? Decías que la noche en que desapareció se presentó en tu casa.
-Sí. - di un sorbo al té. - Llamó a mi puerta acompañada de un chico muy guapo, tenía el pelo negro, no muy corto y era bastante alto.
-¿Le conocías de algo? ¿Te sonaba de haberle visto por el pueblo? - pareció interesarse por mi testimonio y apoyó los dos codos sobre la mesa de metal.
-No. Por eso te estoy diciendo esto. No le conocía de nada y tampoco me dio buena espina.
-¿Qué te dijeron?
-Pues, en realidad, Lucrecia vino a decirme que le había dicho a su madre que dormiría en mi casa y que si llamaba yo debía decirle que Lucrecia ya dormía y que volvería a casa a las once. Después, él le dijo que mejor a las siete y ella asintió sin más. Después se fueron y al día siguiente ocurrió lo de su madre y vinisteis a mi casa.
-¿Cómo dijiste que era el chico? - sacó una libreta de su bolsillo y agarró un bolígrafo.
-Alto, tenía el pelo negro, más bien corto, la voz dulce...¡Ah! Y tiró sobre el pavimento una rosa negra. - al oír aquello se le abrieron los ojos de par en par y cerró los puños.
-¡¿QUÉ?! - se levantó y volcó la mesa de un empujón. Me miró con desprecio y los demás clientes nos observaban intimidados.
-¿Qué he dicho? - me asusté.
-¡¿Por qué demonios no lo dijiste antes?! ¡Mi hermana podría estar viva ahora! - dio una patada a la mesa, que yacía en el suelo junto a los platos y las tazas hechas trizas en el suelo, y después salió de allí con presteza y vigor.
El responsable del local salió a ver qué había ocurrido y tuve que disculparme por él y, gracias a la comprensión de aquel hombre, tan solo tuve que pagar la cuenta en lugar de también el destrozo. Deambulé por el pueblo un par de minutos pensando qué podía hacer antes de regresar a mi nuevo "hogar" y acabé decidiendo ir al río.
Aún era pronto para pasar por allí y más si iban a quedarse hasta la noche. Algo dentro de mí me aconsejaba no acercarme, sin embargo, otra parte en mi interior me incitaba a pasar con ellos un rato. Caminé durante una hora hasta llegar al lugar que me habían indicado y vi entre los árboles una poza del río inundada por la sombra de unos sauces llorones en la cual se refrescaban Fiend y Rosh.  Al acercarme andando notaron mi presencia y ambos se giraron.
-Hola. - dije rápidamente.
-¡Alma! Acércate. - Fiend me tendió una mano a lo lejos. Bajé una pequeña ladera que había antes de llegar hasta él y miré a mi alrededor. Una brisa cálida meció mi cabello en dirección río abajo y me aparté un mechón de la boca.
-No podías resistirte, eh. - comentó Rosh.
-No tenía nada mejor que hacer. - respondí mientras me sentaba sobre broza.
-¿Y tú cita? - Rosh sonrió pícaramente.
-No era una cita, tranquilo, ya se que te mueres por mis huesos. - le guiñé un ojo y reí. Ellos rieron también y se miraron.
-¿Qué, te apetece bañarte con nosotros? - Fiend se dirigió a mí caminando mientras las gotas de agua resbalaban por su torso desnudo, rodeaban su ombligo y desaparecían en los cordones de su bañador. Sentí un cosquilleo en el pecho.
-No, la verdad es que no he traído bañador, solo venía a charlar un rato con vosotros. - miré a Rosh y este miró a Fiend. Ambos sonrieron maliciosamente y salieron corriendo en mi dirección. Yo instintivamente comencé a correr para huir de ellos pero enseguida me atraparon.
-¡Soltadme! ¡Ni se os ocurra tirarme al agua! ¿Me habéis oído? - grité exasperada. Rosh le tendió su parte de mi cuerpo a Fiend y él me colocó en su hombro como si fuera un saco de patatas. Le golpeé la espalda con los puños a medida que se acercaba a la orilla del río, pero, a decir verdad, creía hacerme más daño yo de lo que podía hacerle a él. De repente dejó de andar.
-¡PARA FIEND! - intenté resistirme una vez más pero fue inútil. Me incorporé y él se las apañó para cogerme por las axilas como si fuera un bebé y me miró a los ojos. Perdí la fuerza al sumergirme en sus zafiros que destacaban frente a su flequillo de mármol. Él enarcó una ceja y seguidamente me hundió en su pecho y saltó al agua. Abrí los ojos y le vi mirándome fijamente, me acarició la mejilla y mantuvo su mano en mi rostro. Le observé durante unos segundos hasta que empecé a quedarme sin aire y nadé hacia la superficie. Al salir, Rosh se estaba riendo y me saludó desde tierra firme. Al instante apareció Fiend a mi lado.
-Refrescante, eh.
-Humph. -rechisté y nadé hacia la orilla. Salí del agua y a pesar de ser consciente de que mi ropa se llenaría de barro me tumbé sobre la maleza. Miré al cielo, estaba anocheciendo. Rosh gateó hasta mí y se tumbó a mi lado. Se oía a Fiend nadar.
-¿Por qué te fías de nosotros? - preguntó.
-Me caéis bien.
-¿Sin más?
-Sin más. - le miré. - ¿Por qué lo preguntas?
-No solemos caerle bien a nadie, supongo que acabarás descubriendo por qué.
-Sois buenas personas. - vi cómo Rosh soltó una risotada socarrona. - Fiend habría podido violarme en muchas ocasiones - abrió los ojos de par en par. - y sin embargo no lo ha hecho. Y tú también podrías haberme hecho cualquier cosa el día que viniste a mi casa a entregarme el panfleto y lejos de eso ni siquiera pensaste que podría estar sola. ¿Me equivoco?
-Eres directa, eh. ¿Ha de violarte o atacarte alguien para ser una mala persona? - me miró. Sus profundos ojos violetas me intimidaron al encontrarse tan cerca de mí y me sonrojé, inmediatamente volví a mirar al cielo para que no lo notara.
-Sí.
-Yo no lo creo así. Hay muchas otras razones, más... - hizo una pausa.- oscuras, por las que un hombre puede ser malvado. - acto seguido colocó sus brazos detrás de su nuca como almohada.
-¿Intentas asustarme? - me incorporé y miré a la poza, Fiend ya no estaba.
-¿Lo he conseguido? - Rosh se incorporó también y advirtió lo mismo que yo. - ¿Y Fiend?
-No lo se. - el cielo ya se había vuelto nocturno. Una bocanada de aire gélido heló mis entrañas aún caladas por la humedad de mi ropa. A nuestro alrededor los árboles y las plantas se movían y se escuchaban pasos.
-Quédate cerca mía. - susurró Rosh. Yo obedecí y me pegué a él, espalda con espalda. Un estruendoso ruido comenzó a escucharse tras de mí, me giré y una gran sombra se abalanzó sobre nosotros. Rosh me empujó con fuerza en dirección contraria a él y cuando estuve a punto de caer al suelo alguien me cogió por detrás y me tapó los ojos con suma delicadeza.
-Tranquila, no grites, soy yo, Fiend. - reconocí su aterciopelada y tétrica voz musitando mi oído.- No te muevas. No hagas ningún ruido.
Seguía tapando mis ojos mientras escuchaba algo desgarrarse, cosas golpear al suelo, gritos afónicos, gruñidos... Me estaba poniendo nerviosa. Comencé a forcejear, no me sentía segura con esa ceguera superficial. Algo bufó a lo lejos al darse cuenta de mi presencia y corrió hacia mí.
-Mierda. - Fiend me destapó los ojos y se puso delante mía. Estabamos escondidos entre unos matorrales frondosos. Entre su brazo derecho y su cuerpo alcancé a ver a una persona humana correr sobre sus cuatro extremidades, con los ojos rojos y la boca dislocada. Estaba atemorizada, mi cuerpo estaba paralizado y solo pude agarrarme al bañador de Fiend con fuerza mientras observaba a aquel ser galopar hacia nosotros. Fiend tomó posición de ataque pero cuando estuvo a punto de alcanzarnos, fue derribado por una flecha directa en el corazón, una flecha que emanaba luz violeta.

Capítulo catorce: decimocuarta divergencia.

El Sol se hizo paso por mi habitación hasta atizarme en la cara con un intenso calor. Aquello me desveló y no tuve más remedio que despertarme. Remoloneé entre el edredón un par de minutos hasta recordar la llamada y los golpes en el cristal. Miré instintivamente a todas las ventanas, se encontraban intactas e impolutas. Suspiré. Había dormido maravillosamente bien. Aquel lugar me gustaba. Me vestí con ropa de calle y me dirigí a socializarme con el resto de inquilinos.
Al entrar en el edificio principal una bocanada de aire mentolado llenó mis pulmones. El hall lucía un espléndido suelo de madera de nogal cobriza que continuaba escaleras arriba. Estas se acompañaban de unas barandillas cuyos balaustres tenían forma de reloj de arena y seguían una estructura convexa a ambos lados hasta el final del pasillo del piso superior. Ante mis obnubilación me recibió una mujer humilde.
-¿Puedo ayudarla, señorita Alma? - su voz sonó hogareña y gentil entre sus ropas distinguidas.
-Busco el desayuno...
-Claro que sí, acompáñeme. - sonrió pasiva y comenzó a andar. Yo la seguí a través de todas las puertas de madera y los ostentosos decorados de la casa. Tras atravesar varias salas colocadas cual laberinto, llegamos a un comedor decorado con los mismos tonos cobre que el hall. Allí había una mesa amplia con multitud de sillas en las cuales estaban sentados el doctor Marquet, su hijo y mi madre, todos tomando el desayuno. Me senté al lado de Isaac, frente a mi madre, que se sentaba al lado del doctor.
-Buenos días, cielo. - mi madre sonrió dulcemente y después le agarró la mano a su querido.
-Buenos días, Alma, espero que la habitación sea de tu agrado y que hayas dormido bien.
-Sí, la verdad es que sí, muchas gracias por tu comprensión, Izan. - le miré dubitativa y él me respondió con una sonrisa amable. Observé la mesa. Había leche, zumos, bollos, pan y variedad de alimentos con las que acompañar el desayuno. Con vergüenza alcancé los cereales y vertí leche en ellos. Un haz de luz muy delgado traspasó las cortinas de la sala y atravesó la taza de cerámica blanca hasta dividirla en dos. El polvo flotante bailaba un vals sobre mis cereales, que a la luz del Sol, parecían hechos de oro. Hundí la cuchara en la mezcla y miré a los demás.
-Nena, esta tarde Izan y yo iremos a hacer un picnic al bosque, Isaac dormirá hoy en casa de un compañero de clase y nosotros volveremos tarde.
-Si volvemos... - interrumpió el doctor entre risas cómplices. Mi madre le secundó.
-El caso es que si vas a salir, dínoslo lo antes posible para que te demos las llaves o para que la ama de llaves se quede despierta hasta que regreses.
-Sí, probablemente salga a dar una vuelta por el pueblo, tengo que ver a alguien, pero no tardaré en venir, no creo que sea necesario que se quede despierta por mi culpa. Volveré pronto. - aclaré con la cuchara a rebosar a punto de entrar en mi boca.
-Espera, mejor ten las llaves. - Izan rebuscó en su bolsillo y me lanzó un llavero de metal con tres llaves. - La grande es la de la verja, la pequeña de tu apartamento y la cuadrada la del edificio principal, por si tienes hambre y quieres venir a la cocina.
Cogí las llaves al vuelo pero dejé caer la cuchara al suelo del susto.
-Gracias. - me agaché a recogerla y la dejé sobre la mesa.
-¿Te traigo otra? - se ofreció Isaac.
-No, gracias, ya he terminado. - sonreí y me levanté. Al salir por la puerta escuché a mi madre decirle al doctor que tardaría en acostumbrarme. Suspiré y salí de allí. El Sol iluminaba cada átomo del forraje y aquel jardín parecía el edén. Me descalcé y sentí una mullida cubierta en las plantas de los pies. Caminé así hasta mi apartamento, allí guardé mis cosas en una mochila y me cambié de ropa. Después, salí de allí y me dirigí a la que era la casa de Kory.
Al llegar me recibió en la entrada.
-Llevo esperándote un rato.
-¿Sabías que iba a venir? - me acerqué a él lentamente.
-Me llamó mi madre esta mañana diciendo que anoche la despertó el teléfono. - rió.
-Lo siento. - sonreí. - ¿Por qué has vuelto? - le miré fijamente a los ojos. Estos se habían vuelto más fríos desde la última vez que los vi.
-El destino me ha traído aquí de nuevo, supongo. - se frotó el pelo con la mano izquierda y se sentó en una piedra que decoraba la entrada a su casa.
-¿Supones? - enarqué una ceja.
-Es... complicado. - miró al horizonte.
-Comprendo. - agaché la cabeza y vi su bolsa de uniforme. - ¿Has vuelto al cuerpo?
-Sí, no se ni cómo me han aceptado mi reincorporación...
-El destino.
Kory bufó. Se colocó la bolsa en el pecho y sacó una cajetilla de cigarrillos de esta. Agarró un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Después sacó un zippo y me miró mientras el humo del cigarro se convertía en una barrera traslúcida entre ambos.
-¿Quieres ir a tomar algo? - espetó y dio otra calada a su pitillo.
-Sí, claro. - me giré hasta darla la espalda. - La verdad es que quería hablar contigo sobre algo desde hace tiempo...
-¿Conmigo? - avanzó hasta alcanzarme y comenzamos a andar dirección al pueblo.
 -Sí, me da reparo decírtelo, o sea, no es que no confíe en ti, es solo que a lo mejor no tiene importancia y yo le estoy dando demasiadas vueltas y...
-Eh, eh, tranquila. - me acarició el pelo.
-Verás, creo que los nuevos inquilinos tienen algo que ver con los asesinatos de Lucrecia y de... - le miré antes de cometer un error.
-Sí, de Alexis, puedes decir su nombre, no vas a incomodarme. - contestó mirando al frente.
-De Alexis.
-¿Y por qué crees eso? - le dio la última calada y lo lanzó lejos con un ingenioso juego de dedos.
-Verás... - tragué saliva. - La noche en que Lucrecia desapareció se presentó en mi casa acompañada de...
El sonido de un coche a gran velocidad pisó mi voz y nos alcanzó en el camino. Al vernos frenó en paralelo a nosotros y Kory reaccionó parándose frente a la puerta del copiloto. Bajaron la ventanilla y descubrí, dentro del vehículo, a Fiend y a Rosh. Kory les miró desafiante.
-¿Queréis algo? - la voz de Kory se mostró dura.
-¡Alma! - gritó Rosh desde el asiento del conductor. - ¡Qué sorpresa!
-Hola... - contesté. Kory me miró de reojo.
-Dime que no tienes planes. - intervino Fiend y me miró directamente a los ojos.
-La verdad es que sí.
-Está conmigo. - terció Kory.
-Una pena. Nosotros vamos a divertirnos al río que hay bajando por esta carretera, si cambias de opinión puedes pasarte a saludarnos. - sonrió Fiend y después, subió la ventanilla de modo que cubrió su rostro excepto sus ojos.
-Estaremos hasta la noche. - añadió Rosh. Y mientras Kory no dejaba de mirar a Fiend, este le dedicó una mirada inquisitiva que se perdió en el aire cuando el Porsche desapareció en el horizonte.

sábado, 4 de octubre de 2014

Capítulo trece: decimotercer augurio.

El Dr. Marquet poseía un complejo de residencias bastante ostentoso a las afueras del pueblo. Estaba relativamente cerca de mi casa por lo que mi madre y yo acabamos mudándonos allí. Me sentía agradecida pues, el doctor entendía que al no haber intimado en demasiadas ocasiones con ellos pudiera sentirme incómoda en aquel lugar, por lo que me dejó instalarme en uno de los pequeños apartamentos paralelo al caserón principal hasta que adquiriera la confianza suficiente para ocupar una habitación próxima a los demás. Aquel lugar cercado me resultaba tranquilo y alegre y gracias a la amplitud de terreno no me hacía falta salir del recinto para tomar el aire y dar un paseo. Me sentía segura.
Mi nuevo apartamento era increíblemente luminoso. Sus paredes eran blancas y el parqué, con su tono beige grisáceo, le daba un aura de tranquilidad inquebrantable. Por fortuna, el apartamento poseía un baño adyacente a él, muy espacioso, por lo que no tenía que moverme de allí más que para desayunar, comer o cenar. La habitación poseía unos grandes ventanales de cristal sin cortinas y estaba formada por una cómoda de madera blanca, una cama tradicional de matrimonio con una bonita colcha blanca, un tocador que incluía un espejo redondo, alfombras y un enorme armario que a su vez hacía la función de vestidor, también hecho de madera tintada de blanco.
Me tumbé en la cama y miré al techo. Paz, serenidad. Me decidí a colocar mis pertenencias y cuando hube terminado salí a caminar por la parcela. Aquel lugar era terriblemente acogedor. Un impecable césped recién cortado, unos árboles frutales variados dispersos por toda su extensión, algunas pequeñas fuentes naturales, decorados con piedras, flamencos y pequeños gnomos de jardín... Después de lo que había pasado estos días atrás, aquello me resultaba el paraíso. Me acerqué a un naranjo que había cerca y me senté sobre su sombra. La brisa acariciaba mis mejillas con suavidad y el Sol en su fase de descender, se ocultaba parcialmente tras una montaña a lo lejos. Sin darme cuenta, un pequeño labrador de color dorado se acercó a mí y empezó a lamer mi mano derecha. Le miré, él movió la cola de un lado a otro mientras dejaba caer su lengua por el lateral de su mandíbula. Le acaricié la cabeza y después, las orejas. Se abalanzó sobre mí y se tumbó en mi regazo. Cerré los ojos y continué acariciándole hasta quedarme profundamente dormida.


Desperté a causa de que un frío viento me caló hasta los huesos. Somnolienta advertí que el labrador  había desaparecido. La luna resaltaba en aquel cielo negro plagado de estrellas. Me froté los brazos y me levanté. Caminé hacia mi apartamento y me metí en la cama apenas inconsciente. En la mesilla de noche había un papel: "Cariño, alguien llamó a casa ya entrada la tarde preguntando por ti. Le dije que nos mudábamos y me dio su número de teléfono para que le llamaras cuando pudieras, dijo que se llamaba Kory. xxxxxxxxx Mamá." Cerré los ojos y volví a abrirlos instantáneamente. Tenía también un teléfono en la mesilla, me incorporé y lo agarré. Marqué el número y esperé.
-¿Sí? - contestó una mujer mayor.
-Perdone, llamaba preguntando por Kory. - contesté con voz ronca.
-¿De parte de quién?
-Soy una amiga del pueblo... - antes de que terminara, la mujer la interrumpió:
-Sí, ya se. No, Kory se marchó nada más anochecer hacia allí, supongo que habrá llegado ya al pueblo. Podrás encontrarle en casa. Buenas noches, jovencita.
-Gracias. - musité.
La mujer colgó y apareció en el teléfono la hora: las tres de la madrugada. Me acosté de nuevo e intenté dormir. Cuando ya no tenía control sobre mi cuerpo, escuché fugazmente cómo alguien o algo golpeaba el cristal de uno de los ventanales de mi habitación....

domingo, 6 de julio de 2014

Capítulo doce: duodécima sospecha.

Tras varios fines de semana sin muertes, sin volver a verle y sin noticias de Kory, mi madre lucía una espléndida sonrisa cada vez que iba a trabajar y volvía a casa con el suspiro de una adolescente. Ya había pasado mucho tiempo desde que papá nos dejo y mi madre no acababa de recuperarse. Era increíble el cambio que había pegado y sobretodo, era increíble ver que había recuperado la ilusión. El problema era que quizá, tras centrarse demasiado en su nuevo aliciente apenas hacía caso a su única hija que, por unas o por otras siempre acababa sola. Aunque aquello no suponía un gran obstáculo para mí. No podía ser egoísta con ella y yo ya estaba acostumbrada a que Tinnitus fuera mi fiel compañero.
La casa estaba sorprendentemente revuelta y mi madre trataba de disuadirme cada vez que tenía intención de hacer una limpieza a fondo. Sus numerosas citas con el doctor hacían que estuviese siempre fuera de casa y fuera yo quien tuviera que encargarse de las tareas domésticas. Aquello me venía como anillo al dedo pues, al fin y al cabo, estaba entretenida y apenas lograba tener tiempo para pensar en Lucrecia, en Alexia, en Fiend o en Rosh...

Una tarde como otra cualquiera mi madre se arreglaba para salir. Sin embargo, al contrario que otros días, este decidió llevarme a mí con ella. Alegó que era necesario pues el doctor también era viudo y tenía un hijo y puesto que su relación iba tomando forma, debíamos al menos tener una primera toma de contacto para amenizar nuestra incómoda relación. Así que, no muy conforme con sus argumentos aunque intentando complacerla, me vestí y la acompañé. Por suerte, el doctor era buen degustador gastronómico y nos llevó a un magnífico y caro restaurante en un pueblo cercano.
El señor Marquet resultó ser una persona muy agradable y comprensiva. Además, por los ojos de ternura con los que observaba a mi madre no podía ponerle ninguna pega. Su hijo, en cambio, lejos de parecerse a su padre, era una persona arisca y lacónica. Apenas compartimos un par de palabras.
Tras la singular cena, nos llevaron por sorpresa a un distinguido club de baile. Mi madre y el doctor, a quien me hicieron llamarle a partir de aquel momento Ízan, encontraron en la pista un lugar perfecto para no dejar de bailar en toda la noche. Su hijo desapareció enseguida y yo me quedé sentada en la barra pidiendo refrescos sin alcohol. Mi aburrimiento era tal que estuve a punto de dormirme en tres ocasiones. De vez en cuando las camareras me contaban algún cotilleo o intentaban hacerse las graciosas pero nada de ello borraba la indiferencia de mi rostro. Apoyé el codo sobre la barra y sostuve mi barbilla con la mano. Observé cómo mi madre se reía como hacía años que no hacía y volví la vista, de nuevo, a la estantería llena de botellas alcohólicas. Advertí con el rabillo del ojo que alguien se sentó a mi lado.
-Una copa de vino y...un té helado.- reconocí aquella voz aterciopelada. Giré la cabeza y allí estaba Fiend. Por primera vez en toda la noche abrí los ojos como una persona normal. Él pareció reconocer el gesto de sorpresa en mi rostro. - Siempre nos encontramos en los lugares más absurdos. - la camarera le tendió lo que había pedido y él empujó el té helado hacia mí.
-No quiero, gracias.- dije con tono seco.
-Si no te lo tomas estarás siendo descortés conmigo además de estar desaprovechando una bebida que después tendrán que tirar sin estrenar. - sonrió.
-No creerás que puedes invitarme a tomar algo después de haberte ido aquel día como lo hiciste. - apreté los labios.
-Quería disculparme pero hasta ahora no nos hemos cruzado. - dio un sorbo a su copa.- Lo siento, es que a mi familia le gusta mucho importunar a los demás y si me hubiera quedado contigo Rosh te hubiera hecho sentir incómoda.
Acepté sus disculpas dando un sorbo al té y pareció comprenderlo.
-Bueno Alma, y ¿cómo has llegado hasta este sitio?
-Por mi madre y su novio. - contesté con desdén.
-¿Quieres que salgamos afuera? No pareces divertirte mucho aquí dentro...
-Sí, por favor. - me incorporé y me levanté del asiento.- A propósito, ¿qué haces tú aquí solo?
-Vengo de vez en cuando a divertirme.
Caminamos hacia la salida y, una vez fuera, él caminó unos metros más lejos del lugar hasta llegar a un parque cercano conmigo siguiéndole. Una vez allí se sentó a los pies de un árbol y apoyando la copa de cristal en la hierba me instó a sentarme junto a él. Recelosa me puse de rodillas frente a él.
-Qué, ¿has vuelto a espiar mi casa desde los arbustos? - rió.
-Si me has traído aquí para burlarte de mí me voy. -
-No, no, traquila...Menudo humor más cerrado. - sus ojos analizaron mi postura de arriba abajo. Comenzó a reírse.
-¿Qué? - espeté.
-Estás horrible con ese vestido. - se llevó el dorso de la mano a la frente. Bufé.
-¿Pero de qué vas? - cogí una piña del suelo que se encontraba próxima a mí y se la lancé.
-¡Eh! Que me manchas el traje.
-Que me manchas el traje, mimimí, mimimí...-comencé a hacerle burla.- Menudo fino. ¿No se te habrá roto una uña?
-Ríe mientras puedas. - se acercó exhalando el aire en mi barbilla y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y mantuvo su mano en el aire, paralelo a mi rostro. Instintivamente me aparté.
-¿Qué te crees que estás haciendo? - me alejé cuanto pude de él. - No se de dónde vendrás, pero aquí no somos así. No te creas que por tener dinero y aparentar ser un "heartbreaker" vas a mangonearme. - le golpeé la mano con rapidez y me aparté de allí gateando hacia atrás.
-Por eso me acerqué a ti. - sonrió.
-Pues no lo hagas más. - me levanté y caminé en dirección al club.
-Me ganaré tu confianza. -añadió.
Al llegar, todos se encontraban en la puerta mirando a los alrededores.
-¿Dónde estabas?- mi madre me abrazó con fuerza.
-Fui a tomar el aire.
-Vámonos, anda.
Nos montamos en el coche. A través de la ventanilla vi cómo desde hasta donde la vista alcanzaba a ver de la carretera Fiend hacía una reverencia mientras susurraba algo que no llegué a descifrar.
Tu opinión es más importante que la de cualquiera de los personajes y, además, me ayuda a mejorar día a día.
Estaría muy agradecida si dejaras un comentario.
¡Quiero saber tu opinión!
:D